+++ Hace unos años tuve una de las peores experiencias como narradora de toda mi vida. Se celebraba el Día de la Mujer, 8 de Marzo, y en Rivas había diversos actos preparados para conmemorar la fecha.
Uno de ellos era una sesión de cuentacuentos para los alumnos de la Escuela Popular de Adultos, con el denominador común de que el repertorio tenía que proceder de escritoras.
Recuerdo que llevaba preparado “Rosa Fría, patinadora de la Luna”, de Mª Teresa León, uno de esos raros cuentos que te encargan contar, en lugar de elegirlos tú, y que de un “regalo envenenado” pasa a ser una de las joyas de tu corona. Un cuento bonito, surrealista, poético, que a todo el mundo le gustó mucho.
Y como segunda pieza, arranqué con “Regalo para una novia”, de Isabel Allende.
Cuenta la historia de un patán sin estudios pero con tremenda iniciativa, hijo y nieto de cirqueros, que partiendo de un modesto negocio familiar consigue rodearse de millones, propiedades, cochazos y rubias despampanantes, pero que cae enamorado como un borrego de una rica y sofisticada aristócrata judía, hastiadamente casada además con un marido que la engaña guardando perfectamente las apariencias.
La mujer no puede sino mirar con horror a ese cateto que no ceja en su empeño y le regala flores, se hace el encontradizo en restaurantes, que le envía carísimas y vulgares joyas que ella rechaza constantemente y que no deja de mirarla donde quiera que va. Poco a poco, la situación se hace insostenible para los dos. Ella no se atreve a salir de casa por miedo a encontrarlo y ser víctima del escándalo, él está desesperado y se le acaban los recursos…
No voy a contar más detalles. Recomiendo el relato de todo corazón, porque a mí se me saltan las lágrimas cada vez que lo leo. Para el propósito de esta entrada, diré que el patán conquista a la chica en un espectacular happy end.
Y ahí se me aguó a mí la fiesta, en el final. Porque según me estaba sentando después de los aplausos, una de mis compañeras de grupo, una mujer muy comprometida con la igualdad de género, y cuyos contactos nos habían conseguido este bolo, me miró con los ojos como platos y me dijo, horrorizada:
-Pero cómo se te ocurre… El protagonista es un acosador…. Muy poco apropiado para el 8 de Marzo…
No me dijo más porque ya empezaba la actuación de otro colega, pero si me llega a tirar encima un cubo de hielo no me hubiera dejado peor. Porque juro por lo más sagrado que jamás vi semejante cosa en esa historia.
Para mí nunca se trató de un macho imponiendo su presencia a una hembra, sino de un individuo cuya extracción social le apartó de todo refinamiento, pero que estaba sobrado en otras cualidades. Y nunca la imaginé a ella como a una pobre víctima, sino como a una snob envuelta en un mundo de apariencias y baja potencia, que toma contacto por primera vez con alguien con sangre en las venas, y que pasa por fases de sorpresa, rechazo y, por último, descubrimiento de su propia capacidad de romper el corsé y agarrar la felicidad.
No he vuelto a contar esa historia. No es que crea que mi interpretación no es la correcta, pero desconfío de mi capacidad para transmitir mi versión por encima de la que entendió mi compañera. Mal rollo.
Que no deja de ser otra modalidad de la crítica que recibo a menudo por contar repertorio tradicional, generalmente procedente de gente que ni me ha oído, ni tiene más idea de los cuentos tradicionales que la que Disney quiso contarle, pero que tiene muy claro que esas historias son sexistas, racistas, y todos los “istas” que le quieras poner. A lo que yo respondo:
a) Mentira cochina. Algunos cuentos tradicionales son machistas. Otros son hembristas. Otros no son ni lo uno ni lo otro. Algunos cuentos son pro-jerarquía social, y en otros el pobre se caga en la cena del rey, y el rey se la come. Es francamente aventurado echar por tierra en dos palabras a miles de años y culturas produciendo historias, historias que los niños y los adultos demandan a través de los siglos porque nos dan respuestas a preguntas que ni siquiera sabemos o nos atrevemos a formular.
b) Comparados con la literatura contemporánea a la creación de tales historias, los cuentos tradicionales ganan por goleada en cuanto a transmisión de valores. Mientras quienes escribían el teatro del Siglo de Oro eran hombres blancos de clase alta, el pueblo llano, las mujeres, los desposeídos llenaban los caminos con sus historias, donde un gato bien podía mirar a su rey, y hacerle un corte de mangas si era menester. Hay más riqueza de puntos de vista, y la posibilidad de escuchar al esclavo y al señor, a los hombres y a las mujeres, a los príncipes y a los mendigos. Hoy buena parte del mundo puede escribir sus propios libros, pero que eso no nos haga olvidar cómo funcionaba antes el mundo, please.
c) Supongamos que las almas bienpensantes tienen razón, y no debería hacerse público, representarse, cantarse, editarse nada que pueda incluír valores diferentes de los “aceptables”. Veamos una fermosa y brevísma lista de a quiénes me voy a cargar por el camino:
A Quevedo, que además de un genio del verso y la prosa era misógino y antisemita como p ocos.
A Kipling, representante fundamental del pensamiento colonialista inglés.
A Picasso, que hizo putaditas a sus novias en diferentes grados. Ah, si no te mola la ideología comunista, también es una razón para desechar el cubismo.
A Wagner, que no es ni mucho menos el único músico con veleidades de supremacía racial …

Buf, la lista es extensa. Mucho mejor, hagámoslo al revés. Que no se transmita más arte que aquel que refleje respeto al medio ambiente, igualdad de género, justicia social y no violencia.
Bienvenidos a la estepa, camaradas, y que el desierto de la mediocridad os sea grato. Porque vais a tener bien poca compañía.
No quiero decir con esto que todo valga. Y mucho menos aun que una producción sea “artística” por el mero hecho de cagarse en Dios o hacer una letra que dice “tendría que besarte, desnudarte, pegarte y luego violarte” (una de las letras que no me sale de los ovarios corear, por pegadiza que sea la música, ya que me parece que la gracia que tiene es limitadísima). La mera provocación no garantiza la calidad, igual que el acomodo al pensamiento imperante no tiene por qué impedirla.
Especialmente cuando de menores se trata, creo que hay que coger con pinzas todo aquello a lo que se les expone, y prepararse para acompañar la experiencia del análisis que fomente el sentido crítico. Que es lo realmente necesario.
Pero nada de aislarles, por favor, pues también les aislaremos entonces de las “Just so Stories”, de “Stalky & Co”, de “El Libro de las Tierras Vírgenes”, de “El Buscón”, de “Miré los muros de la Patria Mía”, de “La Cabalgata de las Walkirias”, de “Las Señoritas de Avignon”, del “Guernika” y, en resumen, de la mayor parte del Arte, esa especialidad de los humanos que, en los momentos en los que la vida te parece una mierda que no compensa, te permite esbozar una sonrisa o derramar una lágrima. O ambas cosas a la vez.
Debemos ser capaces de aceptar el reto de disfrutar con lo no políticamente correcto, siendo conscientes además de que su lado ofensivo puede ser real, y no el producto de una piel demasiado fina. Hay que tener el valor de vivir en un mundo de grises, donde nada (o casi nada) es 100% defendible.
Hay que saber querer a Quevedo, a Kipling, a Picasso y a Wagner, porque su arte habla de algunas de las mejores cualidades humanas, aunque no hable de todas.
Y así sabremos querernos también a nosotros y a nuestros colegas, aunque no pensemos siempre en tiempo perfecto. Por amor al arte.