+++ Una de las consignas de las jornadas de Injucam de este año era “hablar en positivo”. Un lema como ese es una apuesta de alto riesgo cuando de educación se trata, no lo niego. Hay muchas malas noticias, es mucho lo que nos preocupa a quienes allí nos hemos reunido. No es raro caer en el lamento fácil. Más de un ponente lo hizo, y mira que iban avisados…
Es difícil resistirse, cómo negarlo. En primer lugar, la crítica ácida es más gratificante, porque te permite compartir con otros tu propio sentimiento de frustración. Y esa exteriorización es necesaria para que tus niguas mentales no se te coman por dentro.
En segundo lugar, es fácil encontrar acuerdo entre tus oyentes con este discurso. La empatía abraza rápidamente aquien enuncia un “todo va mal”. Al fin y al cabo, no es sino el eco de lo que todos pensamos alguna vez. Ese canto de sirena cuya música transmite la justificación para tirar la toalla y tumbarse al sol a esperar el apocalípsis definitivo. Si todo va mal, para qué vas a seguir trabajando en esto. Si eras voluntario, aprovecha mejor esas horas desperdiciadas y apúntate a un curso de inglés. Si te ganas el sueldo en una asociación, cambia de trabajo. Sabes mejor que nadie que hay miles de trabajos más fáciles y/o mejor pagados.
La crítica más destructiva es también más cómica, y arranca más risas entre el auditorio. A quién no le gusta que le refuercen el ego así… Y es un recurso de éxito casi asegurado, porque somos un país (quizás es característica universal, pero soy muy prudente a la hora de calificar territorios en los que no he vivido ni un año) que está siempre dispuesto a reírse de la mala leche. Por las razones anteriormente expuestas, estamos muy dispuestos también a colocarnos del lado del que le menta a la madre a la situación educativa.
Dramáticamente hablando, además, la mala leche suele llevar a la exageración y el desenfoque, que son recursos que desatan el humor. Lo cual está muy bien para echarse unas risas, pero para ese viaje no nos hacen falta ni alforjas ni jornadas.
Para poder emprender acciones que generen mejoras en la situación, es necesario tener imaginación para descubrir “cómo queremos que sea”, optimismo para creer que “merece la pena intentarlo”. Y modelos de “cómo hacer que suceda”. Los modelos, además, traen consigo la buena noticia de que realmente existen experiencias distintas, Y QUE ESTÁN FUNCIONANDO. Chúpate esta, Sigmund Freud, que diría Kryten…
A mí la parte del optimismo es la que peor me sale. Tengo hábitos de pensamiento muy arraigados en la autocrítica feroz, en el análisis de dificultades y en la prevención de riesgos. Si esa fuera la forma de pensar típica de la especie, no habríamos inventado ni la rueda. Como soy una tía sensata y cerebral, tengo cuidado con eso. Pero debería tener más.
Porque una decide qué le da de comer a sus lobos. Y no es fácil, porque incluso tu peor lobo viene a lamerte las manos.
Si me autoflagelo obtendré palmadas en el lomo de aquellos que me aprecian (incluso de quienes no lo hacen, pues siempre estar junto a alguien que se degrada a sí mismo inmediatamente nos permite colocarnos en el escalón superior del paternalismo).
Si miro al pasado y lo reduzco a todo lo malo que me sucedió, cualquier presente será mejor, aunque en realidad sea una basura.
Si me instalo en la complacencia de lo muy especial que soy nunca miraré a quienes tengo alrededor con ojos de alumna.
Si abandono el propósito de querer a mis semejantes, de ser una ciudadana en el sentido participativo y responsable, de ser un animal social e individual a la vez, ya no correré el riesgo de amar a quien no es recíproco, de decepcionarme o de chocar contra las barreras y romperme el ánimo.
Hay que mirar con mucho cuidado a los ojos del lobo en toda ocasión, para que no te engañes y le des de comer al lobo equivocado.
Un post que empezó hablando de las Jornadas de Injucam termina hablando de otra cosa. Inaudito e inesperado, seguro.
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