+++ La idea original de alimentarnos de chopped pudo ser fácilmente descartada. Comimos bastante bien en Londres, y por no demasiado dinero (siempre recordando que el cambio es de lo más desfavorable, sigh)
Ya que estábamos en Trafalgar Square, y después de sacarle su correspondiente foto a la columna de Nelson (por hacerla, vaya, que la foto salió lógicamente lamentable) nos acercamos a St. Martin in the Fields a comer algo.
St Martin tiene tres cosas destacables. En primer lugar, la acústica. Cuando entramos en la capilla tuvimos la suerte de presenciar un ensayo para el concierto de esa misma tarde. Yo no me precio de ser una persona con una fina oreja para detectar armónicos, pero enseguida pude apreciar que la resonancia del sitio es realmente excepcional. Me quedé con las ganas de asistir al concierto.
Por otra parte, la cripta de la iglesia ha sido reconvertida en una cafetería
donde, por 10 libras más o menos puedes dejar tu estómago bastante repleto de una comida más que aceptable. Yo no tenía mucha hambre, pero lo que pidió Imperator tenía muy buena pinta, y él se mostró complacido. La gracia es estar haciendo cola encima de las tumbas, y entretener la espera leyendo las inscripciones.
Para terminar, tiene una tienda junto a la cafetería con un pequeño taller donde puedes hacer una especie de extraño “grabado en latón” si te apetece llevarte un recuerdo. La tienda está llena de preciosas tonterías, de esas que hacen feliz. Imperator se compró un cuadreno realmente bonito, y yo resistí la tentación de comprar un juego de imanes para componer poemas en la nevera. Pero por poco.
Os parecerá una extraña mezcolanza, pero para ellos no supone un problema. En la entrada de St Martins hay un cartel que dice, más o menos: “Este es un lugar de culto, donde la gente viene a orar. Este es también un centro artístico, donde puede acudirse a disfrutar de la música. Esto es también un negocio, que proporciona empleo y recursos a la iglesia”. Vamos, nada de hacerse extraños líos. A mí aquel cartel me hizo sentirme extraordinariamente a gusto, y bien acogida. Cuando me siento así, suelto pasta en las urnas de donativos con mucha más facilidad. Qué listos, los jodíos.
Después de la comida, una de mis visitas más esperadas e irrenunciables y en la que yo había puesto más esperanzas: la National Gallery.
A mí me gustan los museos, como los cines, porque sí. Por su ambiente. Por el talante de la gente cuando se encuentra allí. Por cómo huelen. Porque el aire siempre es suave, y puedes deambular sin rumbo. Además, la National Gallery envuelve esa especie de juego de descubrir tantos cuadros que has admirado en un catálogo…
Aunque la visita se limitó a algunas salas, destacaré dos cosas. Una, que John Constable, uno de los más famosos paisajistas ingleses, me da exactamente igual. En serio. Puedo prescindir de él tranquilamente.
Y luego está Turner, y su “Último viaje del Temerario”. He puesto el enlace para que tengáis una pálida referencia, pero la diferencia es tan abismal como si coloco una foto de Doña Rogelia para explicar quién es Mónica Bellucci. Sólo por verlo merece la pena visitar Londres. 
No sé qué diablos fumó Turner para llegar a tener esa percepción de la atmósfera en ese momento mágico, si esa fusión de colores es producto de la inspiración repentina o del cálculo y la premeditación. Me importa un rábano. No sé si he visto un cuadro más bello. Fama merecida.
Deprisa y corriendo , porque cerraban, dimos un rápido vistazo a la Portrait Gallery. Invertimos mucho tiempo tratando de localizar el retrato del Duque de Monmouth, que tiene la gracia de haber sido hecho después de que el hombre fuera decapitado. (Aquí resume lo esencial de la historia). Lamentablemente, no tuvimos éxito, al igual que tampoco lo tuvimos cuando quisimos ver los retratos de la familia Real Británica, que según dicen son mucho de reír. A cambio, vimos unos cuantos retratos más modernos muy atractivos (ay, esa exposición de David Hockney para la que no había entradas ni tiempo, snif).
Digamos que la experiencia con ambas Galleries (como también lo sería más adelante la de la Torre de Londres) , se parecieron bastante a una buena jornada de sexo en la que te acabas quedando a medias. Hubieras querido llegar hasta el final, claro, pero mejor la mitad que perdértelo
Cenamos en el Burguer King de Picadilly y aprovechamos el tiempo restante para subir por Regent’s Street a la caza de Hamleys, la juguetería más famosa de Londres. Es decididamente una visita obligada, y divertidísima. Los dependientes charlotean en voz alta como vendedores de peines aclamando la excelencia de diversos tipos de juguetes, se lanzan frisbees por encima de las cabezas de los clientes, hacen cosas extraordinarias con globos, masillas raras… una juerga. Yo me dediqué infatigable a la caza de buenos libros infantiles en inglés para contar cuentos. (Hace una semana que representé uno de ellos: The Very Hungry Caterpillar, un clásico. Se puede decir que le he sacado un dinerillo al viaje.).
A la hora del cierre nos dirijimos de vuelta al hotel. Imperator preguntó a los recepcionistas (¿he dicho ya que TODO el mundo era encantador?) dónde podríamos ir a tomar algo (yo lo que quería era básicamente meterme en la cama a dormir, pero parecía una tontería tan grande acostarse temprano…), y nos dijeron un par de sitios. El primero de ellos, el Windsor Castle (tipiquísimo pub inglés de postal, con chimenea y todo) resultó estar atendido por una chica muy extrovertida cuyo novio hablaba español por no recuerdo qué razón. Después de dos copas de vino nos queríamos todos tanto, que cuando nos marchábamos el novio de la moza subió a su apartamento a buscarnos dos entradas gratuítas para el Palacio de Kengsinton, que desgraciadamente no pudimos aprovechar. Toneladas de buen rollo al irnos a dormir, claro.