Examen

Examinador (E) – Bien, joven, elija usted el objetivo.

Examinando Poco Avispado (EPA):¿El que yo quiera?

E: Bueno, si elige un objetivo de mayor dificultad, su nota en el examen será más alta, claro, y…

EPA: ¡Ese! ¡Ese blanco viejo de ahí!

E:.. claro que no todo el mundo entiende la excelencia como una prioridad. Puf, un modelo del 89, pensé que no quedaban. Bien, no le dará muchos puntos pero no debería suponerle una difcultad grande y ¡QUÉ HACE, HOMBRE DE DIOS, QUE ESTÁ METIENDO LA GANZÚA EN LA CERRADURA POR EL LADO QUE NO ES, ANIMAL…!

EPA: Huy que tonto, los nervios, los nervios… 

E (anotando fieramente en su hoja de notas): Nada, pase a palanca y a ver qué tal.

EPA: ¡Gñññññññ!¡Gñññññññ! Parece que cuesta un poquillo…

E: Normal. Se ha traído usted una palanca con la que podría reventar una cámara acorazada. Para abrir un coche como este no se usa una mayor del calibre seis, parece mentira… Mire, aprobar ya le digo que no aprueba. Ahora, igual le puedo liberar un parcial para que en Septiembre me venga con menos carga, que ya estoy harto de suspenderlo. Le voy yo a abrir por la puerta del copiloto, fíjesé bien… Un click… Giro de muñeca… ya está. Venga, ya le abro la puerta del conductor… Siéntese y desbloquée el volante.

EPA: ¡Gññññññññññññ! ¡Gñññññññ!

E: Venga, hombre, que esto viene en el capítulo uno del manual. Un tirón seco y …

EPA: ¡Gñññññññññ! ¡Gññññññññ! Nada, no hay manera. ¿Y si le hago el puente con el volante bloqueado y luego conduzco recto? Que la parte del puente sí me la sé bien, esa la clavo…

E: ¿Conduzco recto? ¿Conduzco recto?¡ES USTED LA VERGUENZA DE LA PROFESIÓN! ¡Bájese del coche ahora mismo! ¡Que no le vea más el pelo! ¡Usted se sacará el carnet de la Asociación de Latrocinadores por encima de mi cadáver! Habrase visto…

EPA: Pues vaya mosqueo se ha pillado el tipo, qué carácter. Bueno, por lo menos me he quedado yo con esas gafas tan molonas de la guantera, que lo menos valen cinco lerus… A ver si el Jonathan me deja la burra pa ir a pillarle un poco del costo al Marcos y así se me pasa el disgusto…

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Y si no ha sido así, pues no lo entiendo. Porque el tipo que intentó robarme el coche ayer apalancó la puerta de mi Ford Fiesta (que es de las que se abren con una percha) tan a lo bestia que ahora puedo sacar el dedo y ver de dónde sopla el viento CON LA PUERTA CERRADA. Y la dirección está tocada, pero no se llevó el coche, a pesar de que los he visto desbloquear de un tirón.  Pensé que me había tocado el ladrón de coches/ cundero más retrasado del mundo, pero olvidaba que el que le robó el coche a Moriarty fue tan bruto que le arrancó el volante de cuajo, así que ese era más tonto aún. La puerta no cierra. La dirección está tocada. Puede que sea el fin de mi cochecito, porque quizás el presupuesto sea tan alto que no compense repararlo. Ah, y las gafas de sol me costaron exactamente un euro.

En fin. Supongo que algún día me tenía que tocar.

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Arena

+++ Supongo que no era una astilla realmente grande ni afilada. Simplemente atravesó la piel de la planta de mi pie en una posición astuta, de tal modo que al tratar de sacarla se partó y dejó parte dentro.

- Esto, como no sea con escalpelo…

- Bueno, déjalo. Ya saldrá.

Tiempo después, no había salido. Una superficie callosa había recubierto  el punto de entrada y ya no se distinguía a simple vista, pero existía una grieta en el interior, y si pisaba de determinada forma, dolía. Dolía bastante. Pero ¿qué podía hacer? No podía decirle a mi pie “descicatriza y cicatriza de nuevo correctamente”.
Tres años después, mi amigo Luis nos invitó a toda la gente de Montes a pasar unos días en su apartamento de Almería. Sus padres iban a venderlo pronto, así que quería despedirse. Yo necesitaba realmente unas vacaciones, aire fresco, yodo y relax, y reírme un montón oyendo protestar a Carlos, y discutir de política sanitaria con Juan, y admirar a Luis haciendo disciplinadamente su saludo al sol por la mañana cual yogui, y quedarme atónita ante las ingenuas preguntas de Merche, sin saber responderlas pero sintiendo que acababa de aprender algo nuevo. Y ver en manada El Chavo del Ocho, y celebrar con ceremonia ese único momento permitido en que se descubría la tele, usualmente tapada con una sábana. Y repetir “fue sin querer queriendo” mientras mirábamos a Juan y le sacábamos parecidos.

El primer día que pisamos la playa, noté que la arena era tremendamente gruesa y caliente. Te hundías hasta el tobillo mientras avanzabas buscando tu hueco, y no resultaba fácil saltar o correr. Pero al segundo día me acostumbré.

Nadamos, jugamos, sesteamos, leímos. Retomé “La Conjura de los Necios” por recomendación de Merche y Carlos, y esta vez aguanté hasta la página veinte. Y a partir de ahí sólo pude disfrutarlo a carcajadas. Compré un libro de Mark Twain. Me quemé un poco la espalda. Nadé sola y desnuda en el Cabo de Gata a la luz de la luna.

Al regresar a Madrid, me encontré mucho más relajada y feliz. Y había más. La vieja grieta de mi pie estaba curada. 

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Algunas personas curan tus heridas nuevas. Sin saberlo, sin que tú lo sepas en ese momento, curan también las viejas.

Pisas con fuerza, y ya no duele.

No sé cómo lo hacen. No sé cómo lo ha hecho esta vez. Quizás siendo ásperos y cálidos a la vez, y permitiendo que te sumerjas en lo que son. Como la arena de la playa.

No hay forma de dar las gracias por ello que haga justicia a semejante regalo.

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Iluminación

+++ El maestro explicaba cada día al rey los textos sagrados, y cada día al terminar preguntaba “¿Ha comprendido su Majestad?”.

A lo que el rey, molesto por  la duda respondía despectivamente “Más vale que antes lo hayas comprendido tú”, lo cual entristecía profundamente al anciano, que ponía todo su esfuerzo en sus lecciones.

Pero un día, el viejo maestro tuvo una revelación mientras estudiaba, y comprendió la naturaleza ilusoria del mundo y alcanzó a ver el verdadero sentido de la existencia.

Y entonces marchó de palacio, dejando una nota al monarca en la que decía:

 ”Oh, rey, por fin he comprendido”.

(Reconstrucción basada en el recuerdo de una historia de Anthony de Mello)

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Hallazgos

+++ El blog el que saqué el dibujo que ilustra la entrada anterior se llama “Matrix Linked”, y en una ojeada superficial parece un blog gótico-punk rollo no-future. Por eso hay que ir más allá de las ojeadas superficiales.

Porque esconde maravillas como esta:

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The path of Achilles…

Faltas:

Nivel 10 – Fallar en la gestión del miedo
Nivel 9 – Albergar fuentes de motivación no internas
Nivel 8 – Depender de alguien
Nivel 7 – Permitir que alguien dependa de ti
Nivel 6 – Abandono de la disciplina de la mente
Nivel 5 – Abandono de la disciplina del cuerpo
Nivel 4 – Traición a un principio
Nivel 3 – Desobediencia del propio criterio moral
Nivel 2 – Ausencia de criterio moral propio
Nivel 1 – No mejorar
Nivel 0 – Carencia de principios

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Casi consigue que me lo vuelva a pensar. Casi.

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Maratón

+++ No he corrido una maratón en mi vida, aunque es la clase de proeza poco práctica que me gustaría tener en el ranking. Me conformaría con media maratón, en realidad.

La carrera de fondo siempre se me ha dado como el culo. Cuando era muy pequeña recuerdo correr durante toda la tarde sin cansarme, pero eso se acabó bien pronto. Todos los fumadores, es bien sabido, son atletas olímpicos en potencia a los que el tabaco arruinó la carrera. Menos yo.

Si meto “me pesa le culo” en google, esto es lo segundo que sale

A mí el culo me pesaba antes de fumar, me pesó mientras fumaba y me sigue pesando ahora. Corro cinco minutos y mi respiración se torna audible desde 10 metros, el color de mi cara hace palidecer de envidia a los neones más deslumbrantes y mi opinión acerca del ejercicio físico no es apta para oídos delicados.

Entonces ¿por qué la chorrada esta de la maratón? ¿Por lo saludable? Ni hablar. Todas las prácticas deportivas encaminadas a la competición (y la maratón lo es) son un pasaje rápido a la lesión. El senderismo también te mantiene a tono y se pasa mejor.

¿Por mantener la línea? Mi experiencia me dice que mi metabolismo reacciona, mejor que ante la dieta y el ejercicio, a la digestión de desagradables realidades y su mutación en combustible. Cinco kilos en un mes y medio, y mucho más volumen, y sin acelerarme el ritmo respiratorio de forma desagradable ni una vez.

¿Por molar? Mujer, molar, mola, no digo que no. Pero los que molamos de verdad preferimos concentrarnos en otras ocupaciones. Por ejemplo, la carpintería y sus aplicaciones en la narración oral (que es a lo que me voy a dedicar esta semana).

No, la verdad es que quiero correr porque es una de las dos puñeteras especialidades del Homo sapiens. La más conocida, la de la “adaptabilidad suma merced a la inteligencia y demás” la tengo, bien superadísima en opinión de unos, bien lamentablemente instalada en la nulidad en opinión de otros. Vamos, que no hay mucho que rascar. Pero la otra es la carrera de fondo.

Nosotros, pobres criaturas sin pelo pero con muy mala leche, jamás pudimos perpetuar la especie a golpe de carrera rápida. Porque todos los bichos grandes y ricos para comer corren más que nosotros. Pero somos capaces de ser muy pesados.

Nuestro sistema de caza grupal en terreno abierto se parecía bastante al de los lobos, y de hecho es probable que compitiéramos por las mismas presas en el pasado. Se trata de correr durante horas, días detrás de una manada de herbívoros. Al final, ellos se agotan antes. Los más viejos o heridos ceden y los alcanzamos. Entonces los atraviesas con una lanza (tú, no un subdelegado al que pagas por mancharse las manos con su sangre y ante el que te horrorizas en persona cuando lo conoces diciendo “qué insensible, yo no podría trabajar en eso”. Lo que me recuerda que un día de estos hablaré de los amantes de los animales y haré unos cuantos amigos más :P ) lo despellejas, lo troceas, lo conservas, lo compartes y te lo comes.

Bueno, pues yo, que hasta la fecha estoy catalogada como Homo sapiens, no le gano la carrera a un cerdo de 30 años enfermo de asma. Y puedo dar gracias a que el cerdo no tiene pulgares oponibles, porque si se da la vuelta, la que acaba en un secadero de jamones soy yo. Ni para defenderme valdría.

Siempre te queda la excusa de que igual tienes algo que no te han encontrado. Un soplo en el corazón, un pulmón más chico que otro, un alien que te roba la moral…Pero es que para el curso de buceo de este fin de semana (ahora soy Open Water, señoras y señores) era requisito un certificado médico, y el centro en el que me lo hice resultó bastante puntilloso. Así que me cascaron un electrocardiograma, una espirometría y una prueba de esfuerzo. Para desgracia de quienes hayan querido verme muerta (que ya son ganas de ver cosas desagradables, aunque igual muerta estoy monísima, estoooo, quitemos el “igual” y cambiemos por “seguro que”) resulta que tengo una salud inmejorable. Vamos, que puedo hacer el deporte que me venga en gana. Para más inri, tengo unas articulaciones muy fuertes y ninguna práctica pasada de castigo. No hay excusa. Sólo la pereza.

Me podría ahorrar el trago, claro. Querer ser capaz de hacer una carrera de fondo por un motivo relacionado con la selección natural es bastante marciano. Eso si alguien se creyera que la razón es esa, que ya estoy aprendiendo a no tener esa posibilidad en cabecera de ninguna de las dos listas (estoy deseando oír las alternativas). O sea, que molar, no voy a molar más por eso. Mi línea está estupenda, y más que lo va a estar. Mi salud está mucho más presentable que la de muchos deportistas de toda la vida (fumaran o no). No hay una buena razón para correr.

Salvo que me jode no ser competente en una de las especialidades de mi especie, valga la redundancia, caray.

Vocecilla impertinente: ¿Y a qué viene hablar de eso ahora? Porque si te molestaba tu incompetencia carreril antes, y vivías con ello, pues no sé a qué viene ahora darle vueltas al tema.

Pues viene a que me han hecho la oferta de entrenarme, e incluso han prometido paciencia cuando a los cinco minutos caiga al suelo con los labios llenos de espuma. Correr solo es un asco, pero correr con compañía tiene que ser un asco mucho menos desagradable. Correr con compañía comprensiva y supportive (¿alguien me da un buen equivalente en español, porfa?) tiene hasta que tener gracia.

A ver si me quito los dos quintales de estiércol de la cabeza de esta semana y empiezo a hacer hueco.

Trajes

+++ Conozco dos clases de cansancio. No me refiero aquí a la fatiga normal tras un día de actividad, que se cura con una noche de reposo. Hablo del cansancio que se acumula día tras día, hasta que se convierte en una forma de vida.

No es tan simple como decir que te falta energía. El exceso de actividad hace que comas peor, que acumules toxinas en tu cuerpo y que tu postura corporal o tu respiración no sean las correctas, así que es un cuadro más complejo. Pero dependiendo de las circunstancias, yo tengo dos sensaciones distintas.

Cuando llevaba varios días seguidos trabajando en La Rueca como dimnamizadora del aula de informática (que es decir profe, administradora del sistema, responsable de proyecto y lo que se te quiera ocurrir) y la época era especialmente dura, la sensación física era la de un limón demasiado exprimido. Yo era menos yo. Una sensación que nace de los huesos y del fondo profundo e insondable del cerebro.

Ahora es diferente. Desde mediados de febrero he tenido mucha actividad, pero en marzo ya ha sido la locura. “Locura” quiere decir llevar más de cinco proyectos a la vez, hacer 5 sesiones de cuentacuentos en un día pero en tres sitios diferentes, y entre sesión y sesión contestar al teléfono para responderle a alguien una duda urgente mientras intentas ubicar a toda prisa de qué condenadas fechas estamos hablando, por dios. Quiere decir regatear la voz, calcular como un corredor de apuestas cuánta gastar hoy para que mañana no falte pero hoy se multiplique su valor, confiar en la Palm como en tu mejor amigo para que te diga dónde diablos actúas mañana, y cruzar los dedos para que no se te olvidara anotar ninguna cita. Etiquetar un montón de correos electrónicos como “importantes”, pero sin llegar nunca a contestarlos todos porque, la verdad, cuando regreso a casa y abro el buzón, todo aquello que exceda la complejidad de una suma sin decimales corre el peligro de ser chapuceramente tramitado.

Además, claro, tienes mal que bien que hacer las tareas domésticas, atender a tus seres queridos (que a veces saben lo que es vivir un “Marzo Loco” y otras veces sólo pueden intentar entenderlo) y, si tienes alguna clase de crisis personal, subirla al carro de la paja y seguir tirando de ello como de todo lo demás.

Y, sin embargo, la diferencia entre este cansancio y el otro es abismal. Este es como llevar puesto un traje muy grueso. Te pesa en los hombros, y si un día puedes dormir mejor, sólo cambias la lana por el algodón, pero ahí sigue.

Pero en tu interior las ideas continuan, la ilusión no se agota, la capacidad de disfrutar de lo que está ocurriendo permanece. Porque hay trueque. Yo doy energía física e intelectual, y a cambio recibo energía emocional.

El lunes pasado me levanté después de haber dormido sólo tres horas, con resaca y con ciertas nuevas lecciones aprendidas que a lo mejor me hubiera querido ahorrar. Por delante me esperaban tres sesiones de cuentacuentos, dos de ellas para chavales con discapacidad física y psíquica severa, una clase de teatro en el colegio y no recuerdo qué más. Miras la agenda y te quieres morir.

Pero cuando te sientes más frágil tu color y tu transparencia aumentan, si eres sincera y no lo escondes. Si en tu propia vulnerabilidad encuentras mayor capacidad de traspasar tu piel y la de los otros. Ese día, cuando una chica de 15 años que no sabes bien si está entendiendo una palabra de lo que dices (porque ni siquiera sabes si entiende todas las imágenes que ve) te coge la mano espontáneamente mientras cuentas un cuento o le enseñas un libro, te sientes de nuevo en sintonía con el mundo.

Y a las dos de la tarde las niñas del grupo de teatro te preguntan si has traído ya los libretos de la obra como les prometiste, y contestas “No, lo siento mucho. Ha sido un fin de semana complicado”. Y te miran la cara, y se miran unas a otras y muy solemnes repiten una y otra vez “No importa. ¿Verdad que no importa? Los traerá después de Semana Santa. No pasa nada. ¿Verdad que no?”… Y ese es el momento en que te echarías a llorar por la buena gente que son, pero no puedes, porque las ganas de llorar se te pasaron hace horas, y no has comido nada en 24 horas y el traje pesa, pero no es un mal traje, después de todo.

Cada trozo de paño ha sido el precio por una historia o una carcajada, o la impagable experiencia de ver desenvolverse el talento delante de tus ojos.

Una vez más, reitero que los seres humanos, tomados de uno en uno, pueden ser una pena. En un campo de fútbol, pueden convertirse en bestias. Pero cuando escuchan cuentos o hacen teatro se vuelven mejores personas.

Reitero también que no deberíamos apresurarnos a desdeñar la amistad de la gente con edades mentales inferiores a once años. A veces son la gente en la que puedes confiar para que salve el día.

Seguro que hay personas que se lo pasa mejor con su oficio que yo. Estoy deseando conocer a alguna :)