+++ Conozco dos clases de cansancio. No me refiero aquí a la fatiga normal tras un día de actividad, que se cura con una noche de reposo. Hablo del cansancio que se acumula día tras día, hasta que se convierte en una forma de vida.
No es tan simple como decir que te falta energía. El exceso de actividad hace que comas peor, que acumules toxinas en tu cuerpo y que tu postura corporal o tu respiración no sean las correctas, así que es un cuadro más complejo. Pero dependiendo de las circunstancias, yo tengo dos sensaciones distintas.
Cuando llevaba varios días seguidos trabajando en La Rueca como dimnamizadora del aula de informática (que es decir profe, administradora del sistema, responsable de proyecto y lo que se te quiera ocurrir) y la época era especialmente dura, la sensación física era la de un limón demasiado exprimido. Yo era menos yo. Una sensación que nace de los huesos y del fondo profundo e insondable del cerebro.
Ahora es diferente. Desde mediados de febrero he tenido mucha actividad, pero en marzo ya ha sido la locura. “Locura” quiere decir llevar más de cinco proyectos a la vez, hacer 5 sesiones de cuentacuentos en un día pero en tres sitios diferentes, y entre sesión y sesión contestar al teléfono para responderle a alguien una duda urgente mientras intentas ubicar a toda prisa de qué condenadas fechas estamos hablando, por dios. Quiere decir regatear la voz, calcular como un corredor de apuestas cuánta gastar hoy para que mañana no falte pero hoy se multiplique su valor, confiar en la Palm como en tu mejor amigo para que te diga dónde diablos actúas mañana, y cruzar los dedos para que no se te olvidara anotar ninguna cita. Etiquetar un montón de correos electrónicos como “importantes”, pero sin llegar nunca a contestarlos todos porque, la verdad, cuando regreso a casa y abro el buzón, todo aquello que exceda la complejidad de una suma sin decimales corre el peligro de ser chapuceramente tramitado.
Además, claro, tienes mal que bien que hacer las tareas domésticas, atender a tus seres queridos (que a veces saben lo que es vivir un “Marzo Loco” y otras veces sólo pueden intentar entenderlo) y, si tienes alguna clase de crisis personal, subirla al carro de la paja y seguir tirando de ello como de todo lo demás.
Y, sin embargo, la diferencia entre este cansancio y el otro es abismal. Este es como llevar puesto un traje muy grueso. Te pesa en los hombros, y si un día puedes dormir mejor, sólo cambias la lana por el algodón, pero ahí sigue.
Pero en tu interior las ideas continuan, la ilusión no se agota, la capacidad de disfrutar de lo que está ocurriendo permanece. Porque hay trueque. Yo doy energía física e intelectual, y a cambio recibo energía emocional.
El lunes pasado me levanté después de haber dormido sólo tres horas, con resaca y con ciertas nuevas lecciones aprendidas que a lo mejor me hubiera querido ahorrar. Por delante me esperaban tres sesiones de cuentacuentos, dos de ellas para chavales con discapacidad física y psíquica severa, una clase de teatro en el colegio y no recuerdo qué más. Miras la agenda y te quieres morir.
Pero cuando te sientes más frágil tu color y tu transparencia aumentan, si eres sincera y no lo escondes. Si en tu propia vulnerabilidad encuentras mayor capacidad de traspasar tu piel y la de los otros. Ese día, cuando una chica de 15 años que no sabes bien si está entendiendo una palabra de lo que dices (porque ni siquiera sabes si entiende todas las imágenes que ve) te coge la mano espontáneamente mientras cuentas un cuento o le enseñas un libro, te sientes de nuevo en sintonía con el mundo.
Y a las dos de la tarde las niñas del grupo de teatro te preguntan si has traído ya los libretos de la obra como les prometiste, y contestas “No, lo siento mucho. Ha sido un fin de semana complicado”. Y te miran la cara, y se miran unas a otras y muy solemnes repiten una y otra vez “No importa. ¿Verdad que no importa? Los traerá después de Semana Santa. No pasa nada. ¿Verdad que no?”… Y ese es el momento en que te echarías a llorar por la buena gente que son, pero no puedes, porque las ganas de llorar se te pasaron hace horas, y no has comido nada en 24 horas y el traje pesa, pero no es un mal traje, después de todo.
Cada trozo de paño ha sido el precio por una historia o una carcajada, o la impagable experiencia de ver desenvolverse el talento delante de tus ojos.
Una vez más, reitero que los seres humanos, tomados de uno en uno, pueden ser una pena. En un campo de fútbol, pueden convertirse en bestias. Pero cuando escuchan cuentos o hacen teatro se vuelven mejores personas.
Reitero también que no deberíamos apresurarnos a desdeñar la amistad de la gente con edades mentales inferiores a once años. A veces son la gente en la que puedes confiar para que salve el día.
Seguro que hay personas que se lo pasa mejor con su oficio que yo. Estoy deseando conocer a alguna ![]()
7 comentarios
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A veces, el cansancio extremo es una fuente de conocimiento interior, de enlightment
Desde luego, la cantidad de energía que estás desplegando es asombrosa. Aguanta un poco más, el verano está ahí al lado, y aunque no hay una villa en la Toscana, seguro que algo de sol y tranquilidad estarán muy bien al final del camino
El Obispo tenía una teoría parecida acerca de no dormir.
Creo que sí, que a mí me ocurre algo parecido con el agotamiento.
Sol, tranquilidad… Ahh, qué bien suena
Desde luego, es admirable.
A mí me pasaba algo así cuando era más joven y tenía mucha más actividad física y mental (me encantaba leer cosas de mi ramo). Daba igual lo que durmiera porque la ilusión que tenía por lo que hacía y por lo que llegaría hacer me activaba con una gran energía.
Ahora, sin embargo, procuro tomarme las cosas con más relajo
Hm, que bonito post.
Intentaré tomarme mi cansancio perpetuo como eso, una especie de expiación, a lo Lope de Aguirre.
A mí tambien me pasa que cuanto más cansado estoy y menos he dormido mejor me va: tengo el coco algo anestesiado y no le doy más vueltas a cosas a las que no debo dárselas.
Dentro de un límite, claro: al tercer día así ya no mola tanto
[...] otra parte es la sensación, terrible y aplastante, de que el cansancio está ahí, instalado, y se ha convertido en una forma de vida. De que siempre hay más cosas que hacer. De que nunca tendrás más de un ratito, y desde luego no [...]