1941
Huyendo de mis compatriotas
he llegado a Finlandia. Amigos
que ayer no conocía disponen camas para mí
en un cuarto limpio. Por la radio
oigo las noticias sobre el triunfo de la escoria humana. Con curiosidad
considero el mapa de la Tierra. Arriba, por Laponia, hacia el mar Ártico
todavía veo una pequeña puerta.
Bertold Brecht
++++ Sin negar la verdad de quienes han dicho y dicen “yo soy mi propio hogar” o equivalentes (Imperator ha escrito recientemente sobre eso, pero es parte de una corriente de pensamiento extendida) , cuestiono que eso equivalga a “y nada más necesito”.
Judith Kerr salió de Alemania en 1933 aproximadamente, siendo una niña. La causa fue la persecución que Alfred Kerr, su padre (quien curiosamente se llevaba a matar con Brecht) sufrió a manos del partido Nazi en obra y persona.
No era de extrañar, ya que el amigo Kerr tenía dos malas costumbres: ser judío y hablar mal del partido Nazi. Así pasa lo que pasa, claro. Que los Nazis se sintieron la mar de dolidos con él, y el mismo día en que ganaron las elecciones se fueron a buscarlo a su casa. Menos mal que Alfred, además de un poco complaciente escritor bocazas, era lo bastante espabilado para salir corriendo con los suyos unas horas antes. Estuvieron cerca, pero no pudieron atraparlos.
Su hija escribió dos libros semiautobiográficos acerca de su experiencia como niña refugiada, en Suiza y Francia primero (“Cuandi Hitler robó el conejo rosa”) y la segunda parte, bastante menos conocida, que relata su adolescencia en Inglaterra (“La Batalla de Inglaterra”) .
En este último cuenta cómo viajando en tren una simpatica viejecita inglesa le pregunta su procedencia. Ella siempre contesta automáticamente “judía”. Pero esa vez, sin saber bien por qué (o quizás a causa de la ira que siente porque a su hermano, que ha acudido voluntario a alistarse en la RAF, no le dejan volar porque es de origen alemán) contesta “soy alemana”.
La británica señora da un respingo y en su rostro se dibuja una mueca de desprecio.
Anna, el alter ego de la autora, responde.
- Señora, toda mi familia y yo tuvimos que escapar de Hitler perseguidos por una orden de detención que llevaba el nombre de mi padre. Por aquel entonces, ustedes, los británicos, decían que “Hitler era un caballero”.
Anna-Judith fue extranjera en todas partes durante mucho tiempo. Ella, su padre, Bertold Brecht, todos los exiliados lo fueron porque no quisieron abandonar ese hogar fundamental que eran ellos mismos, porque no se adaptaron a las circunstancias, porque mantuvieron su divergencia hasta un punto extremo y no quisieron complacer al medio dominante. Hasta ese punto mantuvieron que “ellos eran su propio hogar”.
Y encontraron refugios temporales, pero siguieron siendo exiliados, y viviendo el sueño del extranjero. Porque su hogar eran ellos mismos, pero no tenían una patria fuera de su hogar interior.

Yo no creo que la Patria sea un concepto mohoso y agrietado cuyo fin sea servir de propulsor para mandar a la gente a pelear.
La patria es la “tierra de los padres”. La patria es el lugar donde no tienes que dar demasiadas explicaciones. La patria es el lugar donde se comparten valores que son esenciales para ti, y donde empezar a construir un jardín alrededor de tu casa. Un lugar que aprecias y que te aprecia, y al que sientes que perteneces en cierto modo. Un lugar donde las cosas son razonablemente fáciles, donde el idioma es común, donde no hay que hacer un constante esfuerzo de traducción ni los malentendidos o los choques culturales son constante causa de conflicto.
Una patria no es un país, ni una nación. Quizás haya varias patrias en el mismo territorio. Cuando tienes patria es fácil negar su existencia y despreciar el concepto. Los expatriados, que sienten el vacío de su ausencia, la echan de menos. Muchos pagan el precio de perder su patria a cambio de no perder su hogar interior. Pero saben que no es gratis.
Esta descripción del exilio es un caso extremo, que ilustra la pena que produce en personas que quieren ser leales a sí mismas ( y no afectadas de misantropía) el no encontrar un espacio en el que sean entendidas y aceptadas. En el que no tengan que dar largas explicaciones acerca de todo. En el que no sean una cultura minoritaria o inexistente. Donde no sean una excentricidad. Donde reconozcan y sean reconocidos como pares.
Sin pretender comprender del todo la amargura y la serena desesperanza que encierra el poema de Brecht, miro en el mapa y me pregunto si tras esa pequeña puerta en Laponia habrá una patria para mí.

