Hogar y patria.

1941

Huyendo de mis compatriotas

he llegado a Finlandia. Amigos

que ayer no conocía disponen camas para mí

en un cuarto limpio. Por la radio

oigo las noticias sobre el triunfo de la escoria humana. Con curiosidad

considero el mapa de la Tierra. Arriba, por Laponia, hacia el mar Ártico

todavía veo una pequeña puerta.

Bertold Brecht

++++ Sin negar la verdad de quienes han dicho y dicen “yo soy mi propio hogar” o equivalentes (Imperator ha escrito recientemente sobre eso, pero es parte de una corriente de pensamiento extendida) , cuestiono que eso equivalga a “y nada más necesito”.

Judith KerrJudith Kerr salió de Alemania en 1933 aproximadamente, siendo una niña. La causa fue la persecución que Alfred Kerr, su padre (quien curiosamente se llevaba a matar con Brecht) sufrió a manos del partido Nazi en obra y persona.

No era de extrañar, ya que el amigo Kerr tenía dos malas costumbres: ser judío y hablar mal del partido Nazi. Así pasa lo que pasa, claro. Que los Nazis se sintieron la mar de dolidos con él, y el mismo día en que ganaron las elecciones se fueron a buscarlo a su casa. Menos mal que Alfred, además de un poco complaciente escritor bocazas, era lo bastante espabilado para salir corriendo con los suyos unas horas antes. Estuvieron cerca, pero no pudieron atraparlos.

Su hija escribió dos libros semiautobiográficos acerca de su experiencia como niña refugiada, en Suiza y Francia primero (“Cuandi Hitler robó el conejo rosa”) y la segunda parte, bastante menos conocida, que relata su adolescencia en Inglaterra (“La Batalla de Inglaterra”) .

En este último cuenta cómo viajando en tren una simpatica viejecita inglesa le pregunta su procedencia. Ella siempre contesta automáticamente “judía”. Pero esa vez, sin saber bien por qué (o quizás a causa de la ira que siente porque a su hermano, que ha acudido voluntario a alistarse en la RAF, no le dejan volar porque es de origen alemán) contesta “soy alemana”.

La británica señora da un respingo y en su rostro se dibuja una mueca de desprecio.

Anna, el alter ego de la autora, responde.

- Señora, toda mi familia y yo tuvimos que escapar de Hitler perseguidos por una orden de detención que llevaba el nombre de mi padre. Por aquel entonces, ustedes, los británicos, decían que “Hitler era un caballero”.

Anna-Judith fue extranjera en todas partes durante mucho tiempo. Ella, su padre, Bertold Brecht, todos los exiliados lo fueron porque no quisieron abandonar ese hogar fundamental que eran ellos mismos, porque no se adaptaron a las circunstancias, porque mantuvieron su divergencia hasta un punto extremo y no quisieron complacer al medio dominante. Hasta ese punto mantuvieron que “ellos eran su propio hogar”.

Y encontraron refugios temporales, pero siguieron siendo exiliados, y viviendo el sueño del extranjero. Porque su hogar eran ellos mismos, pero no tenían una patria fuera de su hogar interior.

Esto también es una patria, en cierto modo

Yo no creo que la Patria sea un concepto mohoso y agrietado cuyo fin sea servir de propulsor para mandar a la gente a pelear.

La patria es la “tierra de los padres”. La patria es el lugar donde no tienes que dar demasiadas explicaciones. La patria es el lugar donde se comparten valores que son esenciales para ti, y donde empezar a construir un jardín alrededor de tu casa. Un lugar que aprecias y que te aprecia, y al que sientes que perteneces en cierto modo. Un lugar donde las cosas son razonablemente fáciles, donde el idioma es común, donde no hay que hacer un constante esfuerzo de traducción ni los malentendidos o los choques culturales son constante causa de conflicto.

Una patria no es un país, ni una nación. Quizás haya varias patrias en el mismo territorio. Cuando tienes patria es fácil negar su existencia y despreciar el concepto. Los expatriados, que sienten el vacío de su ausencia, la echan de menos. Muchos pagan el precio de perder su patria a cambio de no perder su hogar interior. Pero saben que no es gratis.

Esta descripción del exilio es un caso extremo, que ilustra la pena que produce en personas que quieren ser leales a sí mismas ( y no afectadas de misantropía) el no encontrar un espacio en el que sean entendidas y aceptadas. En el que no tengan que dar largas explicaciones acerca de todo. En el que no sean una cultura minoritaria o inexistente. Donde no sean una excentricidad. Donde reconozcan y sean reconocidos como pares.

Sin pretender comprender del todo la amargura y la serena desesperanza que encierra el poema de Brecht, miro en el mapa y me pregunto si tras esa pequeña puerta en Laponia habrá una patria para mí.

 

Disclaimer y la Banda del Patio

+++ Robert Fulghum escribió un ensayo llamado “Todo lo importante lo aprendí en el jardín de Infancia”. No he tenido aún oportunidad de leerlo. Pero en una escuela infantil a la que fui a contar cuentos tenían colgado esto:

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Todo lo que es necesario saber para vivir, “que hacer” y “cómo ser” lo aprendí en preescolar. La sabiduría no estaba al final de mi maestría universitaria, sino en el pequeño mundo del jardín de infancia. Esto es lo que aprendí:

Comparte. Juega limpio. No golpees a los demás.

Pon las cosas donde las encontraste. Limpia lo que ensucies.

No tomes sin permiso lo que no te pertenece.

Pide disculpas cuando hieras a alguien. Lávate las manos antes de comer.

Come galletitas con leche tibia, que es bueno para tí.

Vive en equilibrio: Aprende, piensa, dibuja, pinta, canta, baila, juega y trabaja cada día un poco y duerme siesta por las tardes.

Cuando salgas al mundo, pon atención al peligro de la calle, toma a alguien de las manos y manténte unido a él.

Fíjate en las cosas pequeñas y maravillosas de la vida: como la semilla del semillero donde las raíces siempre van hacia abajo y la planta siempre hacia arriba. Nadie sabe por qué pero a todos nos fascina.

Que hermoso sería el mundo si todos -el mundo entero- tomara leche con galletitas a las tres de la tarde e hiciera una siesta. O si la política de las naciones fuese a devolver las cosas al lugar donde las tomaron prestadas, y limpiar lo que hubiésemos ensuciado. Y que sepamos que, no importa que edad tengamos, cuando vayamos allá afuera al mundo, podemos mantenernos unidos de las manos.

Que hermoso fuera el mundo, si todos siguieramos comportándonos como en preescolar.

Robert Fulghum

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El bueno del Sr. Fulghum, que ha citado casi todas las cosas fundamentales que cimentan la felicidad, se le olvidó algo. Algo que se aprende cuando se es un poco más mayor. Y que, como dice un amigo mío, si perdiste la oportunidad en el colegio, siempre se puede aprender en La Banda del Patio.

T.J. es el de la gorra roja.La Banda del Patio, para quien no la conozca, es una seruie de dibujos animados para TV, made in Disney, que cuenta las peripecias de un grupo de niños en el patio del colegio.

Uno de los protagonistas es un niño llamado T.J. Es un tipo agradable, buena gente y estupendo que le cae bien a todo el mundo. Hasta que aparece un niño nuevo en el patio. Uno al que no le cae bien T.J.

T.J. dedica un episodio entero a ganarse el afecto , el cariño y el respeto de ese niño. Porque T.J. cae bien a TODO el mundo, ¿no?… y ese niño lo que ocurre es que no lo conoce lo bastante bien. Así que T.J. le hace favores, le hace regalos, es muy agradable con él, lo persigue para demostrarle lo buen tipo que es…. Sin resultado.

- Lo siento.- le contesta el chaval.- Pero no me gustas, T.J. Asúmelo y déjame tranquilo. No pasa nada porque no le gustes a alguien….

Y esa es una lección de madurez. Aceptar que no tienes que gustarle a todo el mundo. Y no pasa nada.

Si tú estás convencido de que tu proceder es correcto, de que lo que haces está bien, y lo haces por el simpe hecho de que es así, no pasa nada. Estás siendo sincero contigo mismo, eso es suficiente. Haces lo que crees que debes hacer.

Si por el contrario te comportas de determinada forma para ganar el aprecio de otros, claro, entonces el no gustarle a alguien es un fracaso. Pero aun así, es un fracaso que debes ser capaz de aceptar.

Puede que prefieras que todo el mundo “parezca” apreciarte. Pues también es legítimo, oye. Pero espero que eso no convierta en obligatorio para los demás el actuar de forma hipócrita.

Y aquí viene la parte de disclaimer, que parece mentira que la tengamos que andar poniendo por aquí a estas alturas.

Yo no le pido a nadie que venga a leer mi opinión. Yo la publico porque me viene en gana, pero no llamo a nadie a su casa por teléfono y le obligo a escucharla. A pesar de que se me ha solicitado varias veces que “diga la verdad sobre lo que pienso” en persona, me suelo resistir a ello. Porque la sinceridad es muy bien acogida cuando nos es favorable, y bastante peor llevada cuando no lo es. Por eso, incluso cuando hablo con gente a la que respeto y en quien confío, me suelo reservar buena parte de esa “verdad no siempre agradable”, y no obligo a nade a escucharla.

Pero aquí escribo lo que se me pone en las narices. No menciono nombres, no menciono detalles comprometidos, hablo en genérico (porque lo que más me interesa son las cuestiones genéricas, no andar chapoteando en un mar de sentimentales huecos en la frente).

Aunque te creas el centro del universo, corazón, no pienses tan rápido que eso que lees y que tanto te molesta va dirigido a ti necesariamente. No pienses que eres el origen de ese post, aunque es posible que parte de tu actividad esté dando su resultado en él.

No hay una sola persona en el mundo que pueda atribuírse toda mi felicidad o toda mi trsiteza Tampoco toda mi decepción, toda mi ilusión  o todo mi aburrimiento. Lástima, pero mi discurso no gira en torno a tu persona. El mundo es muy grande, y conozco mucha más gente además de ti. Muchos son mejores que tú, y los respeto más que a ti (aunque te joda la idea). Otros son peores, y los respeto menos. Ya te digo, el mundo es grande, criatura…

Si no puedes sobrellevar a gusto mi opinión, no hace falta que descuelgues el teléfono. No hace falta que me evites en persona. Ni siquiera tienes que evitar decir que “quieres oír la verdad”. No te preocupes, raramente me lo creo.

Pero quizás deberías eliminar esta dirección de tus “favoritos”. O descargarte un episodio concreto de “La Banda del Patio” y verlo varias veces seguidas cada vez que pienses en leer lo que escribo:)

Dicho lo cual….

+++ DECÁLOGO DE LA EXTRANJERA. Borrador II.

1. Guarda tu innecesaria alta estima en la alacena.

2. Piensa tres veces si algo te afecta a ti directamente antes de permitir que modifique tus sentimientos.

3. Cultiva la indiferencia y la diversión impersonal.

4. Detecta y gestiona a la gente tóxica como tales.

Gracias a Cortical por señalarme la importancia de un nombre para esto. Creo que tiene razón, hay que darle un nombre.

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Gente tóxica

+++ A no ser que seas un chalado narcisista con dos cabezas, es fácil entender que no existen tóxicos universales. Mi gato la palma si le doy Paracetamol, mientras que a mí me sienta estupendamente si estoy enferma. Por contra, un tiburón se zampa un mar de medusas, y yo no podría acercarme a tres metros sin sufrir una reacción alérgica.

Ni siquiera a la misma reacción le ponemos la misma etiqueta positiva o negativa. Lo que para mí puede ser un saludable ejemplo de “alteración de la conciencia sin mayores consecuencias” (leasé punto alcohólico) para otro será un pernicioso efecto tóxico sobre mi mente y mi cuerpo. Ante la misma reacción física, mi experiencia mental es de alegría, mientras que la de la segunda persona puede ser de repugnancia.

Tiburón y medusa

Hay gente tóxica. No la misma gente para todo el mundo, ni para todos de la misma manera. Lo que yo considero un pernicioso efecto de esa gente sobre mi persona es experimentado por otros como un estado agradable y positivo.

La solución más fácil es “aléjate de ellos”. Pero no es practicable de una forma razonable. Convives con las relaciones de tus relaciones, y eso te expone a agentes de diversos tipos. Lo que no es tóxico para las personas que más quieres sí lo es para ti. Incluso las mismas reacciones son interpretadas de forma diferente.

En los últimos años, mi exposición ha ido in crescendo. Gracias a lo muy diverso de las relaciones de mis relaciones, he entrado en contacto con personas maravillosas (podría decir “nutritivas” por oposición a “tóxicas”), pero también he estado expuesta con una frecuencia en ocasiones cuasi-diaria a alergias, sarpullidos e incluso intoxicaciones serias.

La influencia de las personas tóxicas sobre el organismo es la misma que la de cualquier otra sustancia. Tu cuerpo, o bien intenta integrarlas alegremente como una parte normal del metabolismo (y poco a poco descubres que te estás quedando sin oxígeno) o bien reacciona con nauseas ante su presencia. En cualquier caso, la gente y las sustancias tóxicas ocupan un lugar y un esfuerzo que debería estar ocupado por elementos más saludables.

Mi problema con esto es que siempre intento enfrentarme a las situaciones y soportar el chaparrón. En un intento de ser más fuerte y más resistente cada día, me expongo a la toxicidad con la idea de que “puedo con esto”. Y puedo. Joder si puedo.

No sólo he resistido la presencia de comportamientos sumamente tóxicos para mí, como la mezquindad, la envidia, que me hagan la pelota, vivir pendiente de la valoración externa,la falta de autoestima, la vulnerabilidad explotada, la hipocresía, la multiplicidad de caras según con quién se está y la doble moral, sino que me los he llevado a vivir conmigo si pensaba hacía falta. Y sí, puedo con ello.

Pero ¿realmente gano algo con eso? A largo plazo, sí, gano debilidad muscular y que se me amargue el carácter.

No más confianza en mí misma, porque ya tengo la suficiente acerca de aguantar esa clase de tonterías, gracias. No más aprecio de la gente que quieres, porque esa clase de esfuerzos son rápidamente obviados en el día a día en favor de, por ejemplo, cuántos morritos sé poner ante “la adversidad” . (Si esto os suena a infantil pataleta ante un mundo que no me comprende ni me quiere lo que yo creo que merezco, felicidades, premio para vosotros. Es exactamente eso)

Pero esto es como convivir con fumadores. Es realmente complejo no verse expuesto a tragar humo. A diferencia del alquitrán, no hay consenso sobre quién es tóxico y quién no, y no hay realmente una base estadística o científica para decirle a nadie “considero que Menganito es malo para la salud mental”. Y, por supuesto, no puedes pedirle a tus relaciones que cambien de relaciones. Esa no es la solución.

Para mí, ponerle nombre a las realidades es empoderarme con o frente a ellas. Y si bien un diagnóstico no es lo mismo que una solución, es un principio. Ahora hay que examinar los alrededores bajo esta luz, y después pensar cómo podemos convivir amando los tiburones pero sin padecer la reacción alérgica causada por las medusas de las que se alimentan.

Sois muchos los tiburones a los que quiero. Y muchos llevais bancos de medusas con vosotros. Espero acertar esta vez en el modo correcto de nadar.

Pedir perdón. Epílogo.

+++ Las dos categorías que he descrito son los dos extremos de una escala. Cuando alguien se disculpa, tiene un montón de posiciones intermedias en las que colocarse. Su disculpa tiene porcentaje de mezcla entre los dos modelos, el que quiera darle.

Para mí, el modelo “lo siento” tiene claras ventajas funcionales para mejorar nuestra convivencia. Lo prefiero. Creo que mi porcentaje está claramente desequilibrado en favor de esa opción. Otras personas se desequilibran claramente en favior de la otra.

¿Cómo hacemos compatible esto? Bueno, las disculpas del tipo “lo siento” cuando van acompañadas del reconocimiento de la completa equivocación propia siempre son bien recibidas. ¿Y cuando no?
¿Cómo unas disculpas del tipo “lo siento” pueden satisfacer a quien espera que le enseñen la barriga?

Y viceversa. ¿Cómo pueden ser satisfactorio un “pedir perdón” cuando lo que se desea no es superioridad instantánea o reparación del orgullo, sino compromiso?

Pues ni idea.

Sólo se me ocurre que, si eres capaz de practicar los dos, le des a cada persona lo que esa persona desea, si es que quieres que tus relaciones sociales con ella queden lubricadas y expeditas.

Pedir perdón. Segunda parte

+++ Paradójicamente, algunas de las personas con las que he desarrollado una amistad más fuerte (aunque luego la distancia geográfica se haya cobrado su cuota) han sido aquellas con las que he empezado discutiendo. O, al menos, nuestra amistad empezó así. Discutiendo.

Mi amiga ML no era mi amiga. Por el contrario, era bastante amiga de una individua que me tenía entre ceja y ceja y que me metió todas las chinitas en los zapatos que pudo (pudo porque yo era mucho más buenoide y de poner la otra mejilla entonces, qué cosas). Así que os podéis imaginar el aprecio que ML y yo nos teníamos.

En una ocasión, nuestra asociación organizó un intercambio juvenil con Alemania. Los españoles dijeron que cocinaríamos una cena a base de tortillas de patatas. Cuatro de nosotros queríamos ir a una tienda de fotografía cercana (en aquellos años era significativa la diferencia de precio con España) , así que nos dijeron que nos marcháramos, que ningún problema. Total, allí se quedaban un montón, y los que nos íbamos no teníamos ni repajolera idea de cocina…

Tardamos más de lo esperado. Al regresar, todas las españolas estaban con una cara hasta los pies y casi ni nos saludaron.

-¿Qué pasa? 

- Nada… -contestaron muy dignas.

Excepto ML. Ella se volvió hecha un basilisco y nos puso a caer de un burro porque habíamos estado fuera toda la tarde y ellas se habían comido todo el trabajo, y qué poca verguenza que teníamos… Y yo contesté, también brazos en jarras, que si necesitaban ayuda no debían habernos dicho que nos podíamos marchar, que no pretendíamos haber tardado tanto, y que menos lobos.

Y discutimos un buen rato, cada vez más tranquilas. Y entendimos lo que queríamos decir. Y ninguna estaba de acuerdo con el punto de vista  de la otra, pero nos parecía razonable. Y las dos apreciamos que, mientras el resto de los implicados, tanto de un grupo como de otro, miraban para otro lado y rehuían el enfrentamiento, pero seguían cargados de mala leche, nosotras habíamos dicho lo que creíamos que teníamos que decir. Mi respeto por ML aumentó espectacularmente con aquello.

Yo me disculpé:

- No estoy de acuerdo en el modo en el que tú entiendes que han sucedido las cosas. Pero siento que hayáis pensado que os habíamos dejado con todo el fregado este sin que nos importara. La próxima vez, lo haremos mejor.

Y lo hicimos mejor. Tanto que así, tras empezar con una bronca, nos hicimos amigas.

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Este ejemplo ayuda a ilustrar la otra forma de disculparse que anuncié en la introducción, por oposición a “pedir perdón” (Etimológicamente, la palabra “disculparse” no tendrá mucho que ver con el significado de la acción, pero ahora no se me ocurre otra mejor).

Las claves para este modelo son:

a) Escuchar. Necesitas entender realmente qué es lo que le ha jodido al de enfrente, y el de enfrente necesita saber por qué actuaste así, y si entiendes por qué ha sido doloso para él.

b) Comprometerse con el argumento que has escuchado. En un sentido o en otro.  Puede que estés de acuerdo, puede que no. Pues lo dices. No es imprescindible darle la razón a nadie. Por chulo que quede a corto plazo, eso es una mierda.

Porque si das a entender que estás de acuerdo con la argumentación del otro, das a entender que estás motivado para hacer las cosas de manera distinta. Y no es verdad. Y encima, vas a añadir a la repetición de la ofensa el pillar completamente desprevenida a la otra persona (“¿Pero no me dijiste que te parecía que lo habías hecho mal…?¿Por qué sigues haciéndolo igual?”)

Y una subsiguiente falta de confianza en lo que estimas por “principios” y “convicciones” , o tus ganas de comprometerte con ellos. O en si lo que dices tiene algún significado real.

Malo. De verdad, mucho peor que un “pues no estoy de acuerdo” desde el principio.

Por supuesto, también puedes vernada más empezar que has metido la pata. Que tu forma de pensar no era correcta. Que lo hiciste mal, porque tu idea era errónea, o porque te dejaste llevar, por lo que sea.

Tal como yo lo veo, es bueno decir esto inclusco cuando llegas a esa conclusión tiempo después. A mí, al menos, me ha gustado cuando alguien me ha dicho tiempo después que se había equivocado. Porque me ayuda mejor a conocer cómo es esa persona ahora.

Pero no me enrollo, sigo.

c)  Empatizar con los sentimientos que te han transmitido. Puedes estar de acuerdo o en desacuerdo con la argumentación, pero sentir sinceramente el daño que has podido causar a la otra persona. (A día de hoy, sigo pensando que no tenían razón las de las tortillas. Pero desde ese día me he esforzado para que nadie volviera a sentir que estaba haciendo mi parte del trabajo de forma obligada, fuera o no fuera verdad). Puedes decirle que piensas que actuaste correctamente, pero que sientes que eso le haya hecho sentirse así. Que no te da igual. Que realmente te importan sus sentimientos.

d) Propósito de hacer las cosas mejor la próxima vez. Si te has bajado del burro y estás convencida de que has actuado mal, no lo vuelvas a hacer así.

Si sigues subida a tu burro porque es el más molón y estás segura de que es el burro adecuado, puedes intentar advertir, gestionar, hacer las cosas de modo que al de enfrente no le haga sentir tan mal.

Ojo, a veces se puede, a veces no. Mi madre a veces se preocupa porque conduzco de noche. Yo no voy a dejar de conducir de noche. Ni de coña. pero le explico que el coche va como una seda, que la carretera es buena, que siento que se preocupe, pero que no hace falta. Y algo es algo. Por lo menos, mi madre sabe que no me da igual su punto de vista. Y mi madre se siente mejor con eso.

Si el propósito de mi madre fuera que yo haga lo que ella quiere y lo demás le da igual, no va a obtener mucho de mis “disculpas” (tiene que haber otra palabra para esto…) .

Por último, una perogrullada.

Las condiciones se tienen que cumplir.  

Si no estás dispuesto a escuchar realmente, no vale. Si no estás dispuesto a comprometerte con la argumentación, no vale. Si no estás dispuesto a empatizar, no vale. Si no va a tener consecuencias, no vale.

O mejor, sustituyamos “no vale “ por un “¿para qué?”.

Porque si se trata de aplacar el mosqueo del de enfrente y que la cosa regrese a los cauces de la normalidad… Pues ya sabemos lo que hay que enseñar. :)

Pedir Perdón. Primera parte.

+++ Cuando era pequeña y me peleaba con otro crío en el patio, la profesora nos echaba la bronca, nos hacía colocarnos frente a frente y decía “ahora, pedid perdón”.

Aún sudorosos y violentos, con la ira mal contenida, mirábamos al otro a la cara y le decíamos “perdón” con un tono de voz que sugería que más bien le estábamos pidiendo que contrajera una dolorosa infección en la orina.

Quizás al día siguiente peleáramos otra vez, o quizás no. Los niños establecen alianzas y enemistades con rapidez, y a menudo están escritas en el viento. Pero, desde luego, nuestro buenoide ceremonial a cargo de la profesora no nos enseñaba a resolver el conflicto. Sólo nos enseñaba una cosa.

Enseña la tripa. Así te librarás de las consecuencias.

Enseñar la tripa es una “humillación” propia de animales de grupo como gatos, lobos o humanos. Aquí no hay que entender “humillación” en el sentido degradante de la palabra, sino como sumisión. Cuando dos animales pelean, cuando uno hiere o molesta al otro y uno de ellos muestra su superioridad, el vencido (a veces vencido en un combate puramente visual, como el enfrentamiento de miradas o la demostración de envergadura) se tumba de espaldas y muestra la tripa al vencedor. Es una forma inmediata de evitar el castigo físico porque, generalmente, los animales que practican este tipo de rituales tienen inhibidores biológicos que directamente les impiden atacar a un congénere en esta posición (Konrad Lorentz realizó estudios sobre este tipo de comportamientos, realmente fascinantes).

Enseñar la tripa, por tanto, consigue aplacar la ira del vencedor y ofendido y evitar que la violencia tenga un resultado fatal. Al animal sumiso no le sale gratis. Suele perder puestos en la jerarquía y sus posibilidades de supervivencia y reproducción disminuyen. Pero sale del paso. No es esta segunda consecuencia la que quiero resaltar aquí, sino la primera. Aplacar la ira del ofendido, de quien tiene la sartén por el mango, adoptando una postura de sumisión.

Cuando me obligaban a pedir perdón a mi compañero en el colegio, sin que existiera negociación, sin que nos enseñaran a solucionar nuestros conflictos de manera más constructiva, sin que nadie tuviera auténtico interés en el origen del problema, lo que nos estaban enseñando a hacer era a enseñar la tripa. Y, más que al contrincante, enseñársela a la maestra. Que era quien realmente tenía el control.

Así, pedir perdón se convierte en un sistema de pago de multas. Sin que tenga que existir auténtico compromiso con el problema.

Y cuando somos mayores, podemos desarrollar el hábito de, cuando hacemos algo que a otro no le gusta y percibimos su enfado, apresurarnos a pedir perdón. Con la misma rapidez con que un lobo cuestionado en su proceder muestra la barriga a aquel otro a quien quiere tranquilizar. Y el ofendido siente una instantánea superioridad y reconocimiento, y efectivamente se tranquiliza.

Pedir perdón de esta forma no compromete a mucho. Si prevés que vas a ser capaz de enseñar la barriga 20 veces sin que tu autoestima sufra demasiado menoscabo, tienes 20 oportunidades de volver a comportarte igual. Después, pides perdón y ya está. Tokens. Intercambio de tokens. ¿Todos contentos?

(Si no se explica bien el sacramento de la confesión católica, es también posible tomárselo como un “lavadero de almas” que te da patente de corso para hacer más o menos lo que quieras si no te olvidas de tener un confesionario a mano por si te sobreviene un infarto.)

Consecuencia de este planteamiento del perdón son las conocidas sentencias “mejor pedir perdón que permiso” o “fue sin querer queriendo”. Que a veces, desgraciadamente según pienso yo, se convierten en modos de vida.

Del mismo modo, a veces se da el caso de que una persona que se siente ofendida por algo espera que se le pida perdón de este modo, independientemente de si el ofensor cree realmente que actuó mal o que estaba equivocado.

Recientemente he tenido una experiencia en que mi reconocimiento de error y mis disulpas habían “llegado tarde”, y que ha sido uno de los acontecimientos que han desencadenado esta reflexión.

Reconocí mi error a esa persona por mail (lo que también le restó valor al parecer, pero eso fue algo en lo que no caí, simplemente me pareció rápido y no hubiera tenido problemas en repetirlo en persona. Pero esa persona no tiene muchos deseos de verme desde hace años, y no pensé que le fuera a apetecer más verme para algo así. La lógica es bastante mala consejera en estas cosas, me temo…) exactamente cinco minutos después de que tuviera una epifanía acerca de hasta qué punto yo había colocado el bienestar de esa persona por encima de valores que en estos tiempos he comprobado que no valen realmente un duro.

Nuestro conflicto ocurrió hace años. En su día dije que sentía que lo hubiera pasado mal y que las cosas se hubieran desarrollado así. pero no le dije que estaba equivocada porque no lo pensaba. No le enseñé la barriga.

Y no pienso que esa persona quisiera verme “humillada” ni nada parecido, sino que supongo que pensó que, si no era capaz de pedir perdón, algo tan sencillo y que compromete a tan poco, era porque realmente no me importaba. Visto desde su punto de vista, tiene sentido. Sólo que es una cultura distinta de la mía. Una pena, porque eso quiere decir que no ha servido de mucho ni mis intentos de mejorar la cosa en el pasado, ni sospecho que los actuales. Pero bueno, una da lo que tiene.

También me han pedido perdón últimamente, y he sentido que de esta misma manera que estoy describiendo. ¿por qué lo creo? Porque me estaban pidiendo perdón por algo de lo que esa persona NO podía ser responsable. Algo del tipo de “perdón porque a tu madre le gusta más cómo me sale a mí el pollo en pepitoria que cómo te sale a ti”. Supongo que en la idea de que que eso me haría sentir mejor en un momento en que lo estaba pasando mal.

Tengo conflictos con esa persona,y me ha disgustado bastante su actitud ante determinados asuntos, pero ese por el que se disculpó no es uno, porque no puede serlo, no es responsable de “cómo me llevo yo con mi madre”. Y esos conflictos no son ni han sido fáciles de solucionar, porque cada vez coincidimos menos en lo que es moralmente aceptable.

Pero supongo que quiso aplacar mi malestar “pidiendo perdón” de esta forma, porque aunque no venga a cuento denota preocupación y confianza. La confianza que demuestra exponerte a que te pateen las tripas o se ensañen contigo, sabiendo que eso no va a ocurrir.

Este mecanismo lleva funcionando razonablemente bien mucho tiempo. Entre los animales y entre las personas. Yo no entiendo bien para qué sirve a medio plazo. Tampoco estoy prevenida ante que me den la razón en el momento y días o años después me entere de que esas personas pensaban de manera distinta lo que dijeron, y que sólo querían que dejara de estar enfadada con ellas o pasarlo mal. Y también entiendo cada vez mejor el que me digan que mis opiniones son inamovibles, y que no estoy dispuesta a cambiarlas. Creo que se trata de que no parezco dispuesta a cambiarlas fácilmente. Ni siquiera a aparentarlo para tranquilizar al ofendido.

En fin, creo que hay formas mejores y más productivas de solucionar los conflictos. Pero cuando vives en una cultura, hay que saber integrarse en ella. Por eso creo que también debo aprender a pedir perdón de esta forma, porque lubrica. Y también a decir “te perdono” con magnanimidad majestuosa, aunque me da un poco la risa, la verdad.

Pedir perdón. Prólogo.

+++ Eleder ha halagado mi vanidad comentando que le interesa lo que tengo que decir sobre esto. No hay tanta gente que tenga la capacidad de halagarme, así que reconozco que supone un estímulo.

La idea de escribir sobre esto ha surgido porque he tenido recientemente una experiencia relacionada con dos personas. A una le pedí disculpas. La otra me pidió perdón a mí. Su comportamiento en ambos casos me resultó algo extraño, y me doy perfecta cuenta de que es improbable que hayan entendido el mío.

Lo que quiero aclarar en primer lugar, porque no es imposible que esas dos personas lean esto, es que estoy segura de que sus intenciones y motivaciones en ese momento fueron perfectamente correctas, bienintencionadas y acordes con su punto de vista sobre el tema. No se trata de hacer una crítica hacia su comportamiento, sino más bien de expresar públicamente mi divertido desconcierto hacia el modo en que las personas se piden perdón unas a otras, y el modo en que las personas esperan recibir disculpas de manera habitual.

Para empezar, voy a distinguir entre los dos modelos de comportamiento que estoy diferenciando, como norma general, a la hora de reconocer un error en el propio proceder hacia otros. Es una cuchillada grosera y con pocos matices, pero es que esto no es una tesis, sino un blog.

Llamaré al primero “lo siento”, por ser esa la frase más empleada en ese contexto, y al segundo “te pido perdón”, por razones similares. La frase no es lo esencial, así que espero no tener que explicar mucho más acerca de los casos en que el comportamiento y la frase estándar se cruzan.

Para hacer ver a grosso modo que aprecio diferencias entre los dos, diré que en mi opinión los animales no son capaces de seguir el primer modelo, pero sí el segundo. Animales sociales como simios, lobos, perros, etc saben pedir perdón.

Decálogo. Borrador.

1. Guarda tu innecesaria alta estima en la alacena.

2. Piensa tres veces si algo te afecta a ti directamente antes de permitir que modifique tus sentimientos.

3. Cultiva la indiferencia y la diversión impersonal.

Bocetos

Estoy en uno de esos momentos en los que, si bien tengo menos trabajo que hace un mes, también tengo menos cabeza para sacarlo adelante. El fin de semana en Murcia buceando fue una maravilla y me sentó muy bien, pero al volver a la rueda reaparecen algunos síntomas, como que tardo el doble en parir una idea. Bueno, no queda tanto ya.

No tengo tiempo libre para escribir aquí. O como dice Gorpik, tengo otras prioridades. Pero no me gustaría que se me quedaran en el tintero algunas ideas sobre las que me gustaría escribir. Espero poder recuperarlas.

- Pedir perdón. Por qué tampoco entiendo ni comparto el estándar sobre eso.

- Los estándares, la antítesis del billete de 500 euros (nadie afirma tenerlos como propios, pero parecen ser de manejo general).

- Proyectos sobre rol. De vuelta a los vivos.

- Por qué es probable que no asista a la RAM de este año, y aun así no son malas noticias.

Y último teletipo.

Me confiaron la coordinación de un Encuentro de Jóvenes Artistas procedentes de seis municipios. Todo un fin de semana con talleres, espectáculo, habitaciones, menores de edad, mayores de edad, arte, artistas, pensamiento divergente (especialmente en lo que a horarios se refiere), lluvia imprevista en momentos inoportunos, poco sueño, portátil, cañón, Juventud con Europa, patente exceso de entusiasmo, aparente falta de entudiasmo, un tío que no se callaba ni debajo del agua pero buena gente, graffiti, pintura con carga, polinoséqueostias de vinilo, pigmento, spray, www.desdetodoslospuntos.com, exposición, Pollock, gente nueva, gente vieja con la que te llevas mejor ahora que hace 15 años, trabajar codo a codo con buen rollo y confianza, más arte, ése tío que parece un poco rollo y luego resulta que sabe de todo y da gusto oírle hablar, tatuadora malabarista bailando con nostros, naturaleza, evaluación, regreso, abrazos, besos, brazos, dormir, despertar, película, un poco más de trabajo, dormir.