+++ Personas a las que presientes y que una vez descubiertas son aún mejores. Más de once horas de conversación ininterrumpida, continuación de otras tantas del día anterior. El tiempo que se evapora del reloj, las copas siempre llenas por una mano atenta y cálida. Y preguntas nuevas sobre un asunto trillado, y la tierra bajo las plantas de los pies vuelve, poco a poco, a ser una presencia real.
+++ Ojalá hubiera sido más barato. Pero, a diferencia de otros baches, donde apenas obtuve algo más que decepción, mala leche y la conciencia de que siempre puedo con ello, esta vez tengo auténtica sensación de aprendizaje.
Esto he encontrado.
He querido que las personas con quienes quiero tener relación, quieran la misma relación que yo quiero. Que entiendan la misma idea que yo cuando escuchamos la misma palabra. Amor, amistad, confianza, verdad, voluntad, respeto. No nos paramos a definirlas, porque su significado está claro.
Una mierda.
Yo escucho “tú eres mi mejor amiga” y entiendo algo. Y ese algo no tiene nada que ver con lo que el otro entiende. Yo digo “seré honesta” y el otro dibuja un paisaje que no tiene que ver con el mío. Yo escucho “eres lo más importante, y yo quiero serlo para ti” y ambos adivinamos senderos muy distintos en las losetas del pavimento.
Si no comprendo lo que veo, si es contradictorio, mi confianza se resiente. Si mi confianza se resiente, yo me intoxico.
Ese eslabón es el que se ha de romper.
Consciente de mi alienación cultural, de mi incapacidad para entender a los extraños, me aferro a mi pasaporte y me dispongo a celebrar mi condición de inmigrada degustando la comida, la exótica charla y la dulce música. Como un experto decía, no hay personas sino conductas, no hay conductas sino sucesión de actos, no hay actos sino coincidencia de espacio, tiempo y la voluntad que cabe en un segundo, nada más. Pues no se puede pedir a un extranjero que comprenda más que eso, más que mire con serena sonrisa el extraño ritual circular.
Si no entiendo, mi confianza se resiente. Pero no debo resentirme por no tener confianza.
No está escrito que vaya a obtener la relación que yo quiero con quien quiero tener relación. No valen lugares comunes para acotar ese espacio. “Amistad, bondad, honestidad, respeto, responsabilidad, voluntad” son palabras vacías. Vocales y consonantes una detrás de otra.
Pero sí tienen sentido con tus compatriotas, y por ello los reconozco. A veces, mis compatriotas no piensan que esas palabras significan lo que yo creo que significan, y sin embargo les entiendo cuando hablan , les entiendo cuando actúan. Confío en ellos. Ahí, el eslabón que en la cadena exterior debilitaba, en la interior refuerza.
Ya me he equivocado antes, para bien y para mal, con las personas, y me volveré a equivocar. Y no sabré bien en qué lado de la frontera están, hasta que no haya una crisis, que son las que definen.
Pero no hago ya tanto por entender, y sí más por disfrutar. Nuevas experiencias, compartidas con gente nueva y vieja a la vez, a la que quieres. Una diáspora ahí fuera esperando ser reconocida y abrazada con el cálido estrujón del compatriota en tierra extraña. Amor.
Un universo de divertidos y peculiares extraños, incomprensibles como insectos locos, pero que hacen la vida interesante. O no, pero es que el mundo es tan grande…
No puedo tener la relación que yo quiero con quien quiero, pero tal vez pueda tener otra. Una relación que deje zonas oscuras, no sólo no compartidas sino inaccesibles por lo alienígena. No pediré a quien quiera que yo sea su mejor amiga, o la persona más importante, o su destino que le otorgue al término un sentido aprehensible para mí. Si me es grato y legítimo complacer lo que espera de mí, lo daré, sin pretender entender mucho, y esperando sólo compartir lo que se pueda. Y no olvidando decir “mí no entiendo, pero no necesitar” de vez en cuando.
Ni olvidando la suavidad del césped de tu patria en los talones.