Sísifo
+++ Ayer escuché:
-… no como tú, que casi no sabes lo que es pelear algo a lo que tienes miedo, porque tú no le tienes miedo a casi nada…
Toma ya.
Yo me crié con miedo a un montón de cosas, y con tonterías de a kilo, y con tabúes y con resquemores y verguenzas, que ojalá fuera cosa de que me hubiera tocado la varita del hada madrina. Pero no, vine al mundo adulto con mi propio parque temático del miedo y el conflicto. Y me di cuenta de la gravedad del problema un día que se me paró la noria y me quedé cabeza abajo. Y ese día, a falta de guita para técnicos o escaladores de alquiler, a falta de nadie cerca con la fortaleza suficiente para sacarme de ahí, aprendí a escalar, a apretar tuercas, a sujetarme al acero con los dientes. Y aprendí lo más importante para mí. Que esa noria era opcional. No una condena.
Y cada vez es más fácil. Y te acostumbras a pelearlo, y a pelearlo sola, porque tu miedo, tus tabúes y tus tonterías son problema tuyo para empezar. Y ojito con utilizarlo como excusa para que tú u otros dejen de hacer lo que desean.
Y, como lo consigues, no lo “intentas”, paradójicamente. Y te caes del ranking.
+++ Imagino que lo tengo bien merecido, por cacarear tanto que “lo que le pido a la gente no es que lo consiga, es que lo intente de verdad”.
Se me olvida siempre añadir que la prueba de que se intenta realmente es que de vez en cuando se consigue. Lo sé. Es que a mí me ha pasado. Y, a pesar de la “condescendencia” (sic) que pueda transmitir lo que escribo, no me creo hecha de una pasta mejor que la del resto de los mortales. Si yo puedo, es que se puede.
+++ Creo que los esfuerzos en el desarrollo personal no deben dar bandazos en función de quién es tu pareja o quienes son tus amigos. Es algo demasiado importante para que lo decida la moda alrededor. Y esa es la parte buena. Que aunque pierda valor a los ojos de la persona que amas, tu logro está ahí. Tu miedo está vencido. Cada nuevo temor es un nuevo enemigo que sólo necesita el tiempo y el trabajo suficiente, pero no hay límites.
Ojalá “no dejar que tu miedo gobierne tu vida, ni permitir que se convierta en tu instrumento para gobernar a otros” equivaliera a “no tener miedo”. Pero no es así. Y cada pelea es contigo misma, y a veces no hay más escenario de la batalla que este blog, pequeño circo que en esas ocasiones muestra, de lejos y en ráfagas, un combate de un solo gladiador, dando cueltas en círculos y lanzando estocadas a enemigos invisibles, como un borracho.
Yo entiendo la fascinación por el eterno paciente, sin embargo. La entiendo porque a mí también me fascinan los pacientes que buscan solución, que luchan, que se atreven a desear algo mejor para sus vidas. Y al fin y al cabo lo eterno de algo es subjetivo (a mí, de pequeña, las canciones de Perales se me hacían eternas, y voto a bríos que pensaba sinceramente que duraban media hora).
A mí me dura la fascinación hasta que veo que, tras diez años de psicoanálisis, apenas estamos más allá de donde empezamos.
Y entonces se me ocurre que, si no se consigue, si los bandazos en direcciones distintas son tantos y tanto dependen del viento que sopla, tal vez no se esté intentando con el objetivo de conseguirlo de verdad.
Sí se intenta en el sentido de sufrir por ello. No en el sentido de hacer que llegue a alguna parte, de enfrentarte con tus primeros y más básicos pilares podridos, de hacerle un corte de mangas a quien no se lo querrías hacer nunca.
Y el intento es una forma de vida mejor que otras, seguro, y tiene la hermosura de que , pase el tiempo que pase, quienes la practican son boyas en el mar que siguen ahí, intentándolo con gran constancia. Ahí estaban hace veinte años, ahí siguen. Y la aventura del intento no está exenta de belleza, y nadie recordaría a Sísifo si hubiera conseguido alguna vez llevar su piedra a lo alto de la montaña. ¿O tal vez sí?
Y a lo mejor es porque, realmente, no pueden hacerlo mejor. Quizás pongo demasiado énfasis en la voluntad, porque hacer descansar la responsabilidad del fracaso en la capacidad es condenar al sujeto a no alcanzar nunca su meta. ¿Pues así nació, incapaz? ¿Como un tetrapléjico en silla de ruedas ante unas escaleras mecánicas demasiado estrechas?
+++ A veces sabes lo que vale tu esfuerzo para alguien por lo que vale el de otros. Por lo que valió el de otros, por lo que vale el de otros hoy. Y puedes darte cuenta de que no eres muy interesante, “literariamente”. Si no lo intentas todo el rato, sino que lo consigues de una vez, al parecer no necesitas apoyo ni calor ni compañía ni interés para seguir adelante.
Y es cierto. Tienen razón al pensar así. No los necesitas. No son el motivo. Y con el aprecio de un regalo inesperado, que a nadie le has pedido, lo aceptas cuando llega.
Y para eso es esta entrada. Para dar las gracias. A todos los que han cuidado de mí cuando no lo he pedido.
A quienes apreciaron que, como Gene Kelly, que sonrías no significa que no tengas las rodillas hechas migas. A quienes han dicho “lo estás consiguiendo” y después me han dado un abrazo y me han quitado el equipaje de las manos para ayudarme a llegar a casa.
A quienes , de una forma u otra, han dicho “me gusta el resultado”, con la mirada de quien está calculando apreciativamente el número de horas y calorías invertidas en esos ladrillos, a pesar de que esta vez hayan quedado por fin bien colocados.

Y no es necesario, pero conforta. No estás sola en el viaje. Si fallas o te pierdes, no sucumbes a la tentación de quedarte en el fracaso , acunada por los brazos de los que premian así tu intento.
También hay brazos en la meta, no los mismos, y faltan algunos que quisieras tener cerca pero que están ocupados con otras cosas. Pero hay brazos y palabras de aliento, y felicitaciones y botellas de agua.
No es necesario, pero anima a intentar otra carrera diferente.
Quienes están en la línea de llegada no suelen ser fanáticos del triunfo por el triunfo. Admiran la carrera, son la gente que está ahí, jaleándote, desde al menos la mitad del recorrido. Si te caes y no consigues terminar te recogerán del suelo. Pero te recordarán sin piedad que la carrera se repite el mes que viene. Y que quien dijo que quería completar el recorrido eras tú, ¿no? (Lo que a veces los hace muy molestos, porque no hay como que le recuerden a uno las determinaciones que quisiera olvidar).
Y te mirarán con fe, y estarán seguros de que vas a conseguirlo, porque hay viajes que adquieren todo su significado en el punto de destino, y tú estás embarcada en uno de esos. Creo que las personas que esperan que lo intentemos de verdad, y que por tanto lo consigamos, son quienes nos alimentan con la esperanza que a veces nosotros ya no tenemos, porque estamos muy cansados. Y de esa esperanza ajena nos nutrimos, pero no para mantenernos simplemente en la pista. No para ser impedidos eternamente varados al pie de una escalera, pero resistiéndonos a regresar a casa. Eso no les basta. No se lo creen . No creen que lo seamos. Sabemos que su esperanza tiene un plazo, que no nos concederán un eterno intermedio para coger fuerzas. Si lo hacemos, debemos hacerlo pronto.
O se darán cuenta de que, en realidad, no hay meta ninguna, y cortésmente se irán a observar con cariño a su hamster, dando vueltas en su ruedita, mientras nos desean que lo pasemos bien con la nuestra.
Nos ayudan a ser mejores. A serlo, no a intentarlo.
Durante siete años no pude dar un paso.
Cuando fuí al médico me preguntó:
¿Por qué llevas muletas?
Porque estoy tullido, respondí.
No es extraño, me dijo.
Prueba a caminar. Son esos trastos
los que te impiden andar.
¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!
Riendo como un mostruo,
me quitó mis hermosas muletas,
las rompió sobre mi espalda sin dejar de reir,
y las arrojó al fuego.
Ahora estoy curado. Ando.
Me curó una carcajada.
Tan sólo a veces, cuando veo palos,
camino algo peor por unas horas.
(Bertolt Brecht / De “Poemas y Canciones”)
Y para quienes prefieren los eternos intentos, que sepan que llevo más de diez años queriendo correr más de cinco minutos sin agotarme, que una vez más estoy en ello, que cada intento me cuesta un montón y que a pesar de que lo paso fatal y que de seis meses en seis meses la forma física se me queda hecha una piltrafa, he seguido en ello perseverantemente.
Intentándolo ![]()
6 comentarios
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El valor no es no tener miedo. Es tenerlo y hacer lo que tienes que hacer a pesar de él.
Y otra cosa. Do, or do not. There is no try.
Cuatro minutos dicen que puedes, cuando creías que sería menos de la mitad.
En la página web de la UNED aparecía en la cabecera una cita de un filósofo griego (he olvidado el nombre) que rezaba “Si lo haces, hazlo”.
Qué poder de síntesis XD.
Y sí, cuatro minutos. Lo que hacen los ánimos XD
Amén
Incluso a la hora de caer, de nosotros depende el hacerlo como un barreño rebotando entre las peñas o haciendo el salto del ángel.
Quizá el final sea el mismo, pero, desde luego, el transcurso no
Cary, la imagen del barreño es tremenda XD Me recuerda a Homer Simpson en el cañón de Springfield, cayendo una y otra vez.
El salto del angel tiene que ser mejor por fuerza, acabes como acabes
Bienvenido, Wulf.
Por ahí van los tiros, por ahí
Gracias y bien hallada
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