Alegría

+++ Generalmente, las narradoras orales trabajamos sobre repertorio que nosotras mismas elegimos.

En ocasiones, sin embargo, trabajas por encargo. Una editorial, por ejemplo, te pide que prepares una actuación sobre uno de sus títulos para una función en un conocido centro comercial.

Cuando, como en esta ocasión, no eliges tú el repertorio, te tienes que inventar la motivación. “El Petirrojo”, de Federico Delicado, es un bonito cuento intimista (muy, muy apropiado para un centro comercial en Navidades, claro que sí… Estooooooo… no, no, no voy a perder el tiempo hablando de eso). Pero no hubiera sido mi primera elección, y le encontraba dificultades.

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“El petirrojo” es la historia del sueño de una niña que no es como las demás. Las ilustraciones dejan claro que algo ocurre con su rostro, que es distinto, raro. Pero no queda claro si a sus rasgos extraños va unida alguna otra circunstancia especial.

- Claro que sí- me dice otra narradora, enteradísima ella.- Es claramente síndrome de Down. Por eso, el maestro de su sueño es “como un duende”, también con síndrome de Down…

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Joder, qué facilidad para verlo todo tan claro. Yo no estoy tan segura. Decido investigar más, pero en internet no hay reseña o crítica que me ilumine sobre esta cuestión.

Exploro más el libro. En la dedicatoria casi escondida entre los editado por y publicado en aparecen estas palabras. “Para Niche y Bubulina. Y a la alegría de Michel Petrucciani”.

Niche y Bubulina no dan mucho de sí, pero Michel Petrucciani parece prometedor.

Voilá.

Síndrome de Down. Unas narices. Qué atrevida es la ignorancia.

Este tipo es Michel Petrucciani.

Petrucciani padecía osteogénesis imperfecta, una grave enfermedad ósea. Nunca superó el metro de altura, lo que no le impidió estar a la altura de los grandes del jazz. Las malformaciones pulmonares asociadas se lo llevaron por delante con sólo 36 años.

Afortunadamente, quedan sus grabaciones y unos cuantos vídeos en youtube para que membrillas como yo, que casi no han escuchado jazz moderno, puedan alegrarse el día y las orejas.

Una cuentacuentos es una intérprete, una traductora de los universos de otros. Nosotras también hacemos volar a los petirrojos. Como la alegría de Michel Petrucciani.

[Embrollado]

Fuera de la zona de confort

+++ En una de mis proyectadas lecturas estivales, Guerreros de la Roca, se habla de cómo el aprendizaje sólo se produce fuera de la zona de confort. Esto no es nuevo, al contrario. Es un concepto clásico de las teorías del aprendizaje y una apreciación al alcance de cualquier sentido común.

 

Lo mejor de este libro no es lo novedoso de las ideas que plantea, sino la formulación tan sensata, correcta, asequible y desprovista de Castañetadas (por más que en alguna ocasión, si no recuerdo mal, cite al gurú este de la antropología chiripitifláutica). Es un libro de entrenamiento psicológico para escaladores. Y resulta que, debido a las características especiales de este deporte (la posibilidad y necesidad simultáneas de tomar decisiones meditadas) cualquier desarrollo mental en esta disciplina es paralelo forzosamente al desarrollo personal.

 

En fin, escales o no escales, muy recomendable. Gracias, Cortical, por pasarme la referencia.

 

+++ Este año la RAM se celebraba realmente cerca de Madrid. Y, para dar la nota exótica, este año falté a la cita por primera vez, y me perdí el concierto, las juergas y los milagros de Zenchy. No por falta de ganas, que a mí de Mensa lo que me gusta precisamente es el contacto con mensistas, los nuevos y los de siempre. Sino, una vez más, porque trabajaba en esos días.

 

Sin quejas, oigan, que así es mi sector. Lo peor fue que , si llevarte un grupo a una salida formativa de cuatro días es de por sí un quebradero de cabeza, un malentendido entre quienes hacían las reservas y yo hizo que tuviéramos menos plazas en el albergue de las necesarias, con lo que hubo que buscar otro alojamiento alternativo para dos personas. Y claro, nadie se quería ir. La cosa se llegó a poner bastante crítica, e hizo mucho más difícil la gestión del grupo. Para más inri, cargué con toneladas de material a la ida y a la vuelta, porque no se llegó a utilizar casi nada. Todo muy engorroso.

 

Y esta semana, la batería de mi coche ha decicido que su vida había sido larga, fructífera, y que se iba a marchar al paraíso de las baterías buenas. Yo le eché una mano dejándome la luz interior del coche encendida. Así soy yo, compasiva.

 

Athair peleó con el problema de mil maneras. Empujó, llamó a colegas, intentó hacerle una transfusión de carga desde otro Ford mucho más resplandeciente que l mío… Nada. Yo, básicamente, intentaba reordenar en mi cabeza cómo hacer todo lo que tenía que hacer sin coche. Y decidí que no podía, así que hice un par de llamadas y, por segunda vez en 14 años, cancelé una actuación. A veces, hay que saber bajarse del burro.

 

Y es que estoy ya en el punto en que las ideas se me me empiezan a acabar. Me refiero a las laborales (las otras se me acabaron hace un mes, como cualquiera que lea esto de vez en cuando recordará). De todo el rango de dificultades posibles, están surgiendo casi todas.

 

Por una parte, es divertido ser la última responsable de gestionar un proyecto. Si algo falla, no hay a quien volverse en busca de solución. Tú eres el cerebro que da las soluciones. Fiel al espíritu McGyver, exclamas “no hay problema, ya me encargo yo, pasemos al Plan B” y te dispones a neutralizar una fuga de un tanque de ácido con un chicle y una chocolatina. Y lo haces.

 

Por otra, no hay “tengo un mal día” que valga. No te puedes relajar. Si surge un problema, hay que atenderlo igualmente. No hay bajas. No hay enfermedades. Un proyecto no puede depender de que tú hayas dormido mal esa noche.

 

Estoy fuera de mi zona de confort en tantas y tantas cosas , que estoy aprendiendo en un año más que en los cinco anteriores. Acerca de todo. Y estoy contenta, en líneas generales. Lo que no quita para que esté deseando tener vacaciones.

 

+++ Regalos de Navidad.

 

¿Qué regalarle a esa gente que tiene de todo? Mi madre y mi abuela pertenecen a esa categoría. Pues este año, les voy a regalar tres cerditos.

 

 

Bueno, y una cesta de navidad, que eso nunca falla.

 

Chicas, chicos, hay un montón de regalos para elegir. ¿Qué mejor regalo para un niño que una cabra de verdad, y que encima te la cuiden en África?

Estado de conciencia alterada

+++ Pero sin porros ni alcohol (lo que me recuerda que uno de estos días voy a tener que hablar de cómo la dependencia social de estas sustancias avanza, pero eso es otro cantar).

Yo me chuto con el exceso de trabajo. No es deliberado, sino que ha sucedido así por una conjunción de factores.

Voy a dar unos breves apuntes acerca de la vida del autónomo, que es un universo desconocido para la mayoría de los asalariados, demasiado preocupados por quejarse de cómo está E-paña y qué malo es su trabajo y cómo falta iniciativa entre la gente mientras se aseguran de que el culo no se les mueve del sitio, no sea que tengan que dar dos pasos con sus patitas fuera del camino de baldosas amarillas.

Para empezar: si eres buena en lo tuyo y una tía legal, hay tajo. Seguro que ves a un montón de chupópteros con un fantástico enchufe que consiguen mejores curros, carteles en letras más grandes y más pasta que tú, pero no estamos hablando de eso. Si das calidad y eres responsable, tienes tajo. No te mueres de hambre. Y se puede ser como el gato que iba a su aire y a quien todos los lugares le parecían iguales: que no tienes que lamerle el culo a nadie ni aguantarle insolencias para vivir a ningún cretino.

Por otra parte, es difícil calcular la cantidad exacta de trabajo. Mucha gente te pide presupuestos de proyectos que pueden o no salir, con amplios márgenes de desarrollo (de proyectín de chichinabo a grosatota campañota). Tú encajas las fechas y esperas. En el peor de los casos, te va a ocupar el 40% de tu tiempo (poco). En el mejor, puede llegar a solaparse hasta ocupar un 110% (mucho, sí, gallifante para ti). Pero esto último es raro.

Y después te das cuenta de que no, de que una mierda es raro, que te está pasando. Además, estás cogiendo más tajo que te deja un compañero que tiene que pasar de un bolo pero que no quiere dejar colgado al cliente, y por echar una mano (y por las pelas, que conste) lo coges, porque además es trabajo bonito.

Y luego te proponen una colaboración e un proyecto fascinante y claro, no lo vamos a dejar pasar, que para disfrutar de estas cosas nos pusimos el traje a rayas (verticales). Etc…

Y al final te ves entendiendo perfectamente cómo podía un minero del siglo XVII trabajar de lunes a domingo, con sólo un ratito de descanso para ir a misa el domingo por la mañana. Sin misa (porque tú tienes recursos mejores, como el WoW) pero así funcionas, igualita.

Alcanzas el agotamiento, la gasolina se apura hasta el fonde del carter, el carburador se emponzoña, pero al final se acaba depurando. Y en el proceso, empiezas a notar que tu conciencia se ha alterado, quee estás percibiendo las cosas mejor, que entiendes lo que no entendías, que aprecias lo que no apreciabas y que eres capaz de despreciar lo que sobra. Sí, eso, despreciar. Que sí, de verdad, que se puede usar esa palabra y el mundo no se acaba, ni los ruiseñores se mueren ni dios estrangula cachorros ni supermásn se pasa al bando de los malos. Que a ver si nos metemos en la cabeza que no se pueden apreciar más unas cosas sin despreciar otras… O no os lo metáis, qué diablos. Como si a mí me importara… XD

Bueno, a lo que iba. A mí me ocurre. Cada semana, una nueva iluminación resplandece en mi sesera.

La de hoy ha sido pensar en mis amigos. O más bien, en personas a las que me obstino en llamar así, cuando, si lo pienso bien, no me han llamado ni una vez para quedar conmigo en años. No me han escrito ni un mensaje cuando sabían que estaba pasando por un mal trago. Aunque no tengo muchas ocasiones de intentarlo, cuando hago por quedar con ellos, tampoco ponen mucho entusiasmo. Claro, si no tuviera nada mejor que hacer ni nadie mejor con quien vivir, me resignaría y pelaría por su compañía.

As� lo ve todo una, en rosa y amarillo, en plan tripi

Pero es que no es así. Es que me molan un millón las personas que, incluso desde lejos (chicas, sabéis quienes sois, el que no os haya contestado aún es sólo producto de mi deseo de hacerlo en buenas condidiones, como os merecéis, pero me llega al alma el interés y me alegra el día) se molestan en poner un correo para decirme ¿Cómo te va?. La gente a la que le cambias el plan de quedar sesenta veces, le das plantón en el último momento y te sigue llamando (corazón, tú también sabes quién eres). Y la gente que siempre, siempre se alegra genuinamente de verte y de cuya vida formas una parte importante. Que tengo demasiada gente importante de verdad como para perder el tiempo en PNJs.
A veces la rutina nos llena de guijarros los bolsillos. La compañía de todo el mundo no me apetece por igual, por mucho que a veces me gustaría que fuera de otro modo. Mi compañía, del mismo modo, no es algo valioso para todo el mundo. A veces , nos empeñamos en hacer estrechos unos lazos que no lo son.

Por eso, los momentos de conciencia alterada, cuando el tiempo es valioso como el oro, cuando agradeces tanto el interés a pesar de las dificultades, cuando piensas realmente en quién te apetece más que una partida de Wow y quién, nos pongamos como nos pongamos, bastante menos….

Pues eso, que viva el Nirvana :)