+++ Earendil continúa en su blog una intereante discusión acerca del asinceridad/honestidad que inició Imperator.
Como mis comentarios se hacen inaguantables hasta para mí, de puro largos (os juro que estoy trabajando en ello, pero me cuesta un montón ser breve y no tener la sensación de que soy superficial), he decidido escribir aquí lo que sería el siguiente comentario en el Cuaderno de Bitácora del Vingilot.
Espero que sea inteligible aunque no se conozcan todos los mensajes anteriores.
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La entrada que ha escrito Earendil y sus consecuencias me parecen muy interesantes, y no puedo resumir lo que pienso en dos párrafos, como me gustaría. Me da demasiado en qué pensar
Earendil decía: “Aunque es seductor pensar que se conoce a la gente mejor que ellos mismos, a mí me parecen arenas movedizas en las cuales no quiero meterme.”
No creo que se puedas conocer a alguien mejor que ellos mismos. Creo que la gente adulta se conoce bastante bien en la mayoría de las situaciones habituales de sus vidas, sólo que en ocasiones miente acerca de sí mismos. A veces, se mienten a sí mismos también. Esas mentiras son las que podemos apreciar.
De todos modos, imagino que a veces puedo dar esa impresión. La de que pretendo saber, como si tuviera una bola de cristal, qué es lo que piensa cada uno con certeza.
Creo que todos aventuran hipótesis acerca de las motivaciones ajenas. Las escucho de todo el mundo en un montón de ocasiones.Me parece algo normal y sensato.
Si un vendedor de coches insiste en que el modelo más caro es el que conviene al cliente, se aventura la hipótesis de que lo hace para obtener una comisión mayor, y por tanto no se confía totalmente en lo que dice.
Si se pueden formular hipótesis sobre las motivaciones de alguien a quien sólo se ha visto un día en la vida, como el vendedor, no veo razón para no hacerlo con personas a las que se trata habitualmente.
No sé bien por qué se le da siempre a esta posibilidad una connotación negativa,cuando las situaciones positivas son muchas más. Lo de “no hagas caso a tu padre, aunque te haya gritado no pretendía hacerte sentir mal, sólo está preocupado por ti”, sin que el padre se haya manifestado al respecto, es generalmente una contribución bienvenida.
En mi caso particular, las personas “funcionan” como cajas negras. Entra un estímulo, sale una respuesta. Cuando la respuesta y el estímulo son coherentes con lo que esa persona dice, doy por buena su palabra (aunque sé que no tiene por qué ser así, dos mentiras internas pueden dar la apariencia de verdad). Cuando el estímulo y la respuesta no coinciden, puedo intentar aventurar qué pasa dentro. Porque las motivaciones son un factor importante para mí, a la hora por ejemplo de no prestarle atención a una “ofensa”.
Como intento decir lo que pienso, si creo que una persona tiene un motivo X para hacer algo, lo digo también. Aunque sé que está mal visto
Y aunque sé también que me puedo equivocar, y que decir las cosas en voz alta incrementa el número de ocasiones en que te pueden señalar con el dedo y decir “es que vas de lista, capulla”. Lo que me da para pensar a su vez por qué aceptamos que es correcto pensar erróneamente, siempre que no se “hable erróneamente”… pero esa es otra historia. A lo que voy.
Por supuesto, podría quedarme con lo que cada persona expresa en voz alta y no darle más vueltas.
Pero si un alumno me dice, por ejemplo “no quiero venir a clase porque no se me da bien y en cuanto pueda me marcho del instituto”, procuro no darlo por bueno a la primera. Tal vez sus acciones no se correspondan con sus palabras. Tal vez, hasta que se incorporó a clase ese matón que no lo deja en paz, era un alumno satisfecho. ¿No merece la pena plantearse si hay una motivación oculta detrás de esas palabras?
¿Qué pasa si se trata de una amiga que está cada día más esquelética, que trocea la comida en cachitos infinitesimales pero que me asegura que no tiene ningún problema? ¿Lo doy por bueno? ¿Acepto que su problema es que está demasiado gorda, que es lo que ella me dice?
¿Eso es lo que hace la mayoría de las personas? ¿Darlo por bueno y dejarlo estar? ¿No dedicarle ni siquiera un pensamiento?
Insisto, por otra parte, en que me parece que identificar lo desagradable con la verdad es un error. Y en que, a la vez, si te importan los sentimientos de la persona a la que le dices lo que piensas, puedes elegir una forma más cordial y cortés frente a otra más agresiva.
A la vez, hay que tener cuidado con que las formas no se carguen el contenido, ni en un sentido ni en otro.. Desgraciadamente, a veces no hay forma de decir lo que se piensa que no afecte negativamente los sentimientos del interlocutor, como ya se ha mencionado antes. Porque la madurez o el estado emocional puntual de las personas no siempre les permite aceptar que no te gusta cómo se comportan, por ejemplo. Y lo que les molesta no es el mensaje. Lo que les molesta es tu valoración. Sólo será posible que el mensaje les guste si se le añade tanta azúcar que la realidad pase desapercibida.
Hablando de los costes de la sinceridad, he pensado mucho en el ejemplo del padre con el hijo opositor y la abuela en su lecho de muerte.
Este último caso me recuerda a un personaje que me impresiona mucho, la monja de Los Miserables que no ha mentido en su vida, pero que lo hace una única vez para salvar a un fugitivo inocente. Los soldados creen en su palabra porque esa monja no ha mentido una sola vez en su vida. Si no descubren lo sucedido, seguirá creyéndola. Pero hay alguien que sabe que puede mentir: el propio fugitivo.
En el caso de la abuela, permitimos que esa mujer se vaya en paz al otro mundo diciéndole una mentira piadosa. Si hay más gente en la sala, cuando sea su turno de morir, las mismas piadosas palabras, sean mentiras o verdades, no tendrán validez. Al menos, no la misma: ahora se sabe que puedo mentir para ser agradable. Morirán con la duda de si cuando te acercas a su lecho de muerte para decirles lo mucho que los amas, no estás mintiendo también. Lo terrible es que podrías estar diciendo la verdad. Pero tu verdad pierde peso.
Decir la verdad no significa decir lo que te pasa por la cabeza en cada momento a todo el mundo, como si tuvieras el síndrome de Tourette. No tienes que acercarte en el último aliento de tu abuela para decirle que la odias.
Puedes no decirle nada. Callarte es un derecho, y si eres consistente con eso, tu entorno sabrá que debe pedirte sinceramente tu opinión sobre algo si quiere realmente saber cuál es, y no dar cosas por sentadas. No sólo eso, sino que la verdad de lo que sentimos y pensamos y lo que nos pasa por la cabeza en cada momento no tienen por qué coincidir. Elaborar una posición o sentimiento personal para poder transmitirlo bien no siempre sale a la primera.
También hay otras posibilidades.
Si te sientes mal por odiar a tu abuela y no poder decirle que la amas en su último día, entonces busca dentro de ti, comprométete con ese deseo y ámala de veras.
Esa es otra opción, y una de las mejores consecuencias del compromiso personal con la verdad. Ser sincero te obliga a ser mejor. A dar la talla de tus propias palabras agradables. A ser honesto.
Por supuesto, yo no consigo seguir estos principios todo el rato. Todos los días hay una ocasión al menos en que, después de una conversación con alguien, me planteo hasta qué punto he dicho la verdad sobre lo que pensaba, si la información quedó clara, si me he guardado tantas partes de mi pensamiento que la verdad está ausente, cuántas de las cosas que he dicho son mentira, por qué he mentido. Cómo tendría que haber actuado.
Tengo un montón de pensamientos de escalera en ese sentido. Lo que expongo aquí no es una descripción de mi conducta habitual, sino de los parámetros por los que valoro si está siendo buena o mala, así como la clase de conductas de las personas a las que intento escoger como modelos. El norte de mi brújula, vaya
Porque (y si Eleder llega hasta aquí, sé que esto le va a gustar) yo creo cada vez más en esa frase del Evangelio que dice “La Verdad os Hará Libres” Lo que falta es la letra pequeña : “pero no penséis que va a ser un camino sencillo”
Por otra parte, no entiendo la frase “sólo uno es juez de sí mismo”. Si se refiere a “no hay que perseguir a la gente que tiene actitudes vitales diferentes de las nuestras para decirles que no nos gustan” , plenamente de acuerdo.
Entre otras cosas, para eso tengo un blog, y para eso le doy muy, pero que muy poquitos consejos a la gente acerca de cómo tiene que vivir sus vidas. Para eso me tomo muy poquitos cafés que me pongan en peligro de tener que disentir con alguien que estaba buscando aprobación ante su actitud. para eso tengo un blog, al que algunos os sometéis sin necesidad debido a vuestra insana curiosidad, donde hablo de lo que me apetece y que nadie tiene por qué leer. Consigo dar mi opinión a cerca de lo que pienso, expresarme, que quien quiera saber lo que pienso lo sepa, y quien no quiera no.
En un sentido más amplio, dado que vivimos en una sociedad donde existe un acuerdo social acerca de la punición y recompensa de ciertas conductas, no puedo estar más en desacuerdo.