Antropología Navideña (12)

+++ Otro de esos vídeos para escuchar sin mirar. Pero es que este no podía faltar aquí…

¡Igualmente!  Espere…. ¿le conozco yo de algo?

10.  Se felicitan las fiestas a completos desconocidos, y se mandan postales y emails a gente a la que no ves hace quince años o a los tíos de Australia.

La relevancia de esto depende de cada lugar. En Madrid, por ejemplo, los nativos solemos guardar las distancias. Si entras en un autobús, saludas al conductor o a nadie. Esto es interpretado por personas que provienen de ciudades más pequeñas como frialdad y descortesía. En mi opinión, es una saludable manera de no volvernos locos.

Cada día podemos interactuar, potencialmente, con millones de desconocidos. Pero nuestro reciente pasado como primates sólo nos permite mantener relaciones estrechas con unos cincuenta individuos a la vez. Si tenemos que considerar “miembro del reparto de mi película” a cada desconocido que encontramos, corremos el peligro de empatizar con demasiada gente, demasaidos problemas, demasiadas causas en las que no podemos intervenir.

De modo que funcionamos bajo la hipotesis de que son “extras”, parte del paisaje. No los  saludamos, simulamos que no están alrededor cuando hablamos de cuestiones personales en el metro con nuestro marido. Desde un punto de vista funcional, son objetos, en tanto no se demuestre lo contrario.

Atención, porque esto no excluye la solidaridad ni la colaboración. Yo personalmente he tenido unas cuantas experiencias en la gran ciudad en las que la indiferencia circundante se transforma en interés y apoyo cuando hace falta. Lo mismito que he asistido con horror a la cobardía, la hipocresía y el mirar para otro lado en uno de esos pueblitos pequeños y amigables donde todo el mundo conoce la vida y necesidades de todo el mundo. De todo hay en este supermercado del Señor, decía Manolito…

Recientemente, sin embargo, Patomas me contó que en Caracas la gente sí saluda a los demás pasajeros al subir al autobús. Y mira que Caracas es grande. Al principio pensé que esto invalidaba mi teoría, pero después pensé que, a no ser que se trate de un saludo personal y efusivo, no tiene por qué. El cajero automático también me saluda…

En las grandes urbes, los contactos con los desconocidos están reglamentados. Por favor,  en qué puedo atenderle, es buena esa mermelada de ahí, el lunes cerramos, gracias, de nada. Sólo en ocasiones extraordinarias entran en lo personal. Podrían tratarse de clientes/dependientes/ventanilleros automáticos. Siguen sin ser personas reales.

Ciudad de maniquies

Pero en Navidad, le dezeas Feliz Año al otorrino de la Seguridad Social, al que no vas a volver a ver en meses, años o vida terrenal. Y no tienes por qué, pero si eliges hacerlo, repentinamente pertenecéis de manera palpable a la misma comunidad. (El fútbol, el Hola y Gran Hermano tienen una función social parecida).

Cuando deseamos Feliz Navidad o Feliz Año a completos desconocidos, lo hacemos de manera voluntaria. No es socialmente obligatorio, como dar los buenos días o pedir las cosas por favor. Precisamente por ser prescindible, nos proporciona un pasajero pero eficaz recordatorio de que nuestra comunidad de extras es, en realidad, una gran compañía llena de actores y actrices de reparto. No somos parte de una masa de hormigas o robots, que nada tiene que importarnos en realidad. Somos una comunidad de personas.

Si por desgracia en el barrio de al lado estalla una bomba , las obras el metro obligan a desahuciar a los vecinos o el río se lleva la calle, seremos más proclives a prestar ayuda. Porque son de los nuestros. Nos desearon Feliz Navidad, y nosotros se la deseamos a ellos.

En los pueblos y comunidades pequeñas, por el contrario, es posible que la hipocresía, el sentimiento de que “hay que decirle eso a todo el mundo, te guste o no” te hagan desearle feliz navidad al sacristán, un poner, que en tu opinión mejoraría la Navidad de todo el pueblo si se tirara por un puente.

Igualmente funciona. Aunque sea mínimo, ese pequeño contacto facilitará la colaboración en caso de necesidad.

Por supuesto, existe el caso contrario. Familia, amigos, compañeros que consideramos parte de nuestra comunidad pero con los que no mantenemos mucho contacto porque están lejos. Enviar una felicitación o recibirla es un recordatorio de que seguimos ahí. Podríamos hacerlo en cualuier momento, pero, como siempre, las fechas señaladas nos colocan en mejor disposición mental para hacerlo y recibirlo.

2 comentarios para “Antropología Navideña (12)”

  1. Fantine Dice:

    Lo de saludar a todo el mundo me recuerda a Cocodrilo Dundee cuando llega a Nueva York y va caminando por calles atestadas de gente salundando y quitándose el sombrero ;)

    Y quizás el felicitar las fiestas no esté al mismo nivel que los buenos días, aunque al final todo depende de la educación que uno haya recibido. Así como yo normalmente trato de usted a todo adulto al que no conozco (sea camarero, taxista o dependiente de un comercio) también meto en el mismo saco de normas de urbanidad el felicitar las fiestas

  2. Antropología navideña « La memoria es un arma cargada de futuro Dice:

    [...] Las felicitaciones navideñas, incluso a desconocidos [...]


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