+++ Como parece más eficaz (y de mejor tono) escribir una entrada corta que un comentario largo, doy aquí mi punto de vista en la conversación que mantienen Thera y el Capi, derivada de un post en el blog de Imperator.
Un resumen un tanto grosero del momento actual de la conversación sería decir que Thera cuestiona que la producción de servicios pueda ser tan deseable como la de bienes tangibles, y el Capi se posiciona en el lado contrario.
Yo no voy a hablar de lo que es. Voy a hablar de lo que creo que debería ser, desde un punto de vista que algunos considerarán naive, y que yo considero “con perspectiva a largo plazo”.
Producir objetos tangibles requiere más materias primas y más sumideros de contaminación que ofrecer servicios. Los servicios nacen de ofertar inteligencia, experiencia y emociones. En una sociedad ideal, la existencia de más servicios debe contribuir significativamente a lareducción en la producción de objetos, mientras incrementa la felicidad de sus miembros.
Los servicios usan productos manufacturados como medio, pero en menor cantidad que la producción industrial. Algunos servicios son una estupidez, pero una estupidez menos dañina que una producción industrial idiota.
La optimización, la formación, la educación, la medicina, las mayoría de las actividades de ocio son servicios. Y contribuyen de forma decisiva al bienestar, capacidad de socialización, mejora del hábitat y, en suma, felicidad sostenible de las personas.
Nos sobran productos y nos faltan servicios. O, dicho de otro modo, nos falta inteligencia, experiencia y emociones, y tratamos de sustituirlas con trozos de plástico o metal. Los niños y las niñas tienen sobrante de cacharros y falta de espacios seguros de juego común. Los vendedores de coches ya no venden máquinas, sino “sensaciones”, para hacer que la gente se sienta “aventurera, especial, creativa”, cuando probablemente obtendrían mejores resultados y más baratos matriculándose en un curso de espeleología y acudiendo al trabajo en autobús. El material que se gasta tontamente en abrir y cerrar una misma zanja en una calle 17 veces se reduciría espectacularmente con un servicio de planificación y coordinación.
Este planteamiento está esbozado aquí de forma perezosa y anecdótica, pero es aplicable a todo. Podemos ganar menos y gastar menos.
Las mayores satisfacciones se obtienen de las relaciones con los demás y con uno mismo, no de los objetos. La mayor seguridad para personas, países y negocios pasa por la gestión inteligente de los conflictos antes que por la producción enloquecida. Y la gestión es un servicio.
Las multinacionales del calzado, la ropa deportiva y mil cosas más lo han visto claro, y por eso se han convertido en puras empresas de servicios. Nike no fabrica ni una alpargata, sino que hace siglos que se transformó en una empresa de servicios de “gestión de la producción”, y le encarga el producto a maquilas del tercer mundo, que se montan y se desmontan para cambiar de ubicación con la misma rapidez que una carpa de circo.
Y no es solo una característica de las producciones de “baja tecnología”. Los fabricantes de software y hardware son meros gestores de la producción, que subcontratan indios o chinos para fabricar líneas de código o ensamblar impresoras.
Así que no creo que el dilema sea producir o generar servicios. La cosa está en saber hacer lo que toque y hacerlo bien, planificar y dejar de echarse flores por lo bien que improvisamos, abandonar ese negocio de sacarle la pasta a hooligans borrachos al que llaman “industria turística”, … etc
El caracter nacional es bueno para muchas cosas, pero no para asumir la propia responsabilidad en lo que nos sucede. Por ahí deberíamos empezar.
No es que me saliera bien a al primera (ni siquiera yo era tan perfectamente cerebral a los 15 años), pero fue un buen principio. El Arte tiene una enorme capacidad para evocar recuerdos, buenos o malos, y toca elegir: o te entregas a su enorme poder nostálgico, o te dedicas a disfrutarlo. Yo prefiero lo segundo, gracias.
Pero también, no voy a negarlo, porque mi madre siempre la ponía a todo trapo en sus momentos depresivos, que impepinablemente también acababan siendo los míos. Y… bueno, no puedo decir que no me la sepa de pe a pa.