+++ Muchas y muchos ya lo sabéis. Como consecuencia de la crisis financiera y económica, el Gobierno español se ve obligado a recortar los presupuestos. Inevitable, pues la productividad ha bajado, subir la carga fiscal no es la panacea y hay que apretarse el cinturón.
Lo que no es inevitable es qué cinturón aprietas. Y resulta que se lo vamos a apretar al mismo de siempre. Ciencia e Innovación se lleva uno de los principales tajos. No es una buena idea.

“Hay que invertir en Educación y Ciencia” es un mantra que se repite sin reflexionar (uno más en la lista, como “hay que leer” o “son cosas del mercado”). El problema de las frases hechas es que, o bien son falsas y se perpetúan como verdad por la simple repetición, o son ciertas y su peso se diluye por el desgaste de la mención superficial. El mantra de la necesidad de invertir en ciencia pertenece al segundo tipo.
Por eso nos lo hemos pasado por el forro en los últimos años, en los que a pesar de la bonanza económica nuestra inversión en Educación y Ciencia ha sido más bien poco ejemplar. Tanto el Estado como los particulares y empresas hemos dedicado un montón de esfuerzo al capital inmobiliario.
A mí, que vivo de alquiler y no tengo ninguna propiedad inmobiliaria ni para usar ni para especular, me ha tocado sin embargo sufragar con mis impuestos la locura especulativa del ladrillo. Y aunque la sociedad civil y el tejido empresarial tienen su parte de responsabilidad por su avaricia y falta de cabeza, han sido los diferentes gobiernos, que en teoría debieran haber velado porque esto no pasase, los que me han traicionado y han convertido mis eurillos en subvenciones a la compra, liberalización de suelo, desgravaciones a la construcción, etc.

El motor de nuestra economía ha sido vendernos y apalabrarnos edificios unos a otros, sin que su uso final tuviera relevancia. Nuestro motor económico principal ha sido la avaricia estúpida en forma de pequeñas pirámides faraónicas para las que además tuvimos que pedir oro prestado. Mientras se nos llenaba la boca de “I+D+i”, nuestros investigadores e investigadoras carecían de condiciones laborales dignas, y si no querían perpetuar su estatus de precariedad (vulgo “becariedad”) tenían la opción de largarse del país o dedicarse a otra cosa.Triste para ellos, pero más triste para nosotr@s, que perdemos a los más necesarios: los que tienen más experiencia en su campo.
Por supuesto, los plazos y la rentabilidad no son los mismos en ambos sectores. Un proceso de investigación sobre una nueva fuente de energía, un medicamento puntero o un nuevo material te pueden llevar 15 años. Un pelotazo inmobiliario lo apañas en dos, y los numeros son de flipar. Pero volviendo a una tesis anterior, crear riqueza no es lo mismo que crear dinero. La riqueza de verdad te ayuda cuando pintan bastos. Las cifras surgidas de la especulación, no.
Y esa es una de las razones (me atrevo a decir que la principal) por las que España tardará más en salir de la crisis. Otros países producen tecnología, soluciones, inventos que mejoran significativamente la vida o la producción de las personas. Eso es un elemento diferencial que hará que en cuanto el dinero vuelva a fluir, lo que producen sea demandado en primer lugar. El truco no está en ser capaz de hacer teléfonos móviles, plantar encinas, construir naves industriales o hacer publicidad. Está en saber hacer un teléfono móvil más ligero, criar plantones de encina micorrizadas que produzcan trufas, construir naves industriales más baratas y eficientes y ser capaz de hacer llegar al comprador interesado la información necesaria de la marca conveniente sin que le duela la cabeza al final del día.
Si lo que acumulas no son objetos sino sabiduría, puedes moverte a donde quieras. Mientras la tecnología la tengan otros, pondrán su fábrica en tu territorio o en otro cualquiera, y tú pondrás la mano de obra y te comerás la polución resultante, les lamerás el culo y agradecerás las migajas, pero si se van no verás un duro. Si tu país posee el conocimiento sobre el proceso de producción, tú eliges.
Y ojo, que la tecnología y el conocimiento no sólo son los cálculos de estructuras, la física de materiales, la bioquímica o el desarrollo de un nuevo chip. Son los estudios psicológicos que ofrecen respuestas y recomendaciones para mejorar la salud de la población y su productividad. Y son también las investigaciones linguísticas y antropológicas, que acaban alimentando los procesos pedagógicos y mejorando la educación, la formación y la toma de decisiones que influyen sobre las sociedades (¡oh, Sociología, cuánta decisión imbécil nos hubiéramos ahorrado si hubieras sido tenida en cuenta!) .
Cierto que para que el conocimiento repercuta en la sociedad es necesario también meterle mano a las leyes de propiedad intelectual, y probablemente también a los flujos de capitales y a las deslocalizaciones de la producción, pero esa es otra historia. Y al final, da igual.
Sin investigación, sin ciencia, no hay principio. El capital del conocimiento puede luego repartirse mejor o peor, pero si no hay capital, no hay reparto posible.
Esto no es nuevo ni original (nada en este artículo lo es) pero llevamos siglos arrastrando el “que inventen otros”. En las últimas décadas hemos hecho un esfuerzo importante, pero aunque la piel de la cultura española se haya llenado de tatuajes que rezan “innovación”, “investigación”, “ciencia”, en la médula todavía subsiste la creencia y el apego a “lo de siempre” y a los “valores eternos”. No puedo dejar de pensar que en parte se debe a la permanente alarma y prevención que la Iglesia Católica, tan imbricada en nuestro telar ideológico, difunde hacia el pensamiento científico. pero también se debe a la pereza intelectual y vital que nos caracteriza tradicionalmente, y a cierta defensa de lo rancio como seña de identidad.
¿Alternativas a los recortes en Ciencia? No es fácil poner el dedo encima de una partida presupuestaria cuando lo que manejamos son cifras globales asignadas a los Ministerios a bulto. Pero la tendencia debería ser alejarnos a toda máquina de lo que nos ha traído a esta situación y acercarnos a igual velocidad a donde queramos llegar. Las inversiones en infraestructuras, por ejemplo, son necesarias, pero en este momento se emplean como un balón de oxígeno para nuestra sobredimensionada industria de la construcción.
Quizás tengamos que afrontar que algunos de esos gigantes caigan, aún sabiendo que algún cascote nos va a caer en la cabeza, antes que sufrir las consecuencias de paralizar proyectos de investigación que llevan años en marcha, un acto equivalente en muchos casos a tirar el esfuerzo realizado hasta la fecha a la basura.
España necesita, ahora más que nunca, a su ciencia. Mejor buscar otro sitio donde usar las tijeras.
Notas: Esta entrada es mi forma de sumarme a la inicativa de Aldea Irreductible, “La ciencia en España no necesita tijeras” . Si quieres participar, pásate por allí para añadir tu blog y escribe una entrada dando tus razones.
Los gráficos están sacados de la web Euribor.com.es, y elaborados por Kiko llaneras, a quien espero que no le importe que los difunda aquí.