+++ Hace muuuuuchos años, un amigo mío pasó un mes en Malawi con una tía misionera. A su regreso, lo bombardeamos a preguntas. Cómo se vivía allí, en qué colaboraba él, qué tipo de conflictos existían, qué comía la gente…
- Harina de maíz- contestó.
- ¿Y qué más?
- Nada más.
- Imposible, algo más comerán.
- Bueno, tal vez una vez por semana caiga algo de pescado en la harina… pero no siempre.
Para mí, occidental criada en la abundancia alimentaria, esa idea era inconcebible. La variedad y la omnipresencia de la comida al alcance de mi mano eran mi ruido de fondo. Tan corriente que sólo lo echas de menos cuando llega el silencio total. Y, en nuestra realidad, el silencio rara vez es completo.
Pero después de hablar con mi amigo, durante meses y meses, cada vez que alguien me ponía un plato de comida delante, resonaban en mi mente las mismas palabras. Harina de maíz. Sólo harina de maíz. Y sentía una enorme gratitud por no vivir en Malawi, sino en España.
Deseamos cosas, personas, situaciones, con toda nuestra alma. Cuando las obtenemos, las olvidamos, las damos por supuestas. Ya están ahí. Son parte del ruido de fondo.
Por polyannista que suene, lo que trato de exponer es que la felicidad depende, en buena parte, de recordar CONSTANTEMENTE todo lo que tenemos y disfrutamos. Dos piernas para andar. Nada de congestión en la nariz. Dinero en el bolsillo para comprar un helado. El trabajo al que aspirábamos. Dormir junto a un hombre que quieres. Vivir en la ciudad que amas. Comprar cómics nuevos. Amigos a los que recurrir cuando no sabes qué hacer con tu vida. Amigos con los que compartir lo que sabes que quieres hacer hasta que mueras. Libertad de expresión. El sol en la cara.
Hace unos días escribí una entrada que fue un poco desconcertante, al parecer. Pero tal vez esta de hoy explique mejor a qué me refiero: gracias por mi ruido de fondo.