+++ Hay una forma sencilla de situar gráficamente un fenómeno entre los dos polos de una misma cualidad. Escribes en un margen de la hoja “rico” y en el opuesto “pobre“, dibujas una línea entre los dos y haces una cruz en el lugar correspondiente.
O puedes escribir “dulce” y “salado” y marcar el lugar adecuado con migas de croissants, mediasnoches, pretzels… “Gris” y “azul” están unidos por una larga línea, y en algun punto se encuentra el color de las paredes del salón.
Y puedes dibujar una línea entre “autocomplacencia” y “autodesagrado“, y ver en qué punto se sitúa la gente que trabaja contigo.
El autodesagrado extremo es cansino hasta más no poder. A veces viene sin adulterar (“todo lo hago mal”, “no sirvo para nada”,” mira qué mierda de trabajo he hecho”) y otras, más frecuente, disfrazado (“por qué todo lo malo me ocurre a mí”, “qué mala suerte tengo”, “todos encuentran las buenas oportunidades antes que yo”, “para qué intentarlo si al final se va a joder”).
La ventaja es que, a partir de determinado nivel en tu actividad habitual, ya no lo encuentras. El autodesagrado es una bola de hierro atada al pie que arrastra al fondo a quien se viste con ella, hasta alcanzar el nivel de flotabilidad en que la calidad de su trabajo compensa la pesadez de su discurso. Lamentablemente, es un nivel más bajo que el que la calidad de su labor en sí merece, y buenas y buenos actores se pierden así en el océano de la mediocridad. Una lástima.
Luego está la autocomplacencia extrema. Esa es mucho más peligrosa para los demás, porque a veces lleva su tiempo distinguir si una persona posee un excelente talento y disposición y es capaz además de juzgarse correctamente, o si por el contrario su capacidad y/o compromiso son mediocres pero tiene el autobombo afiladísimo.
Comprobar a qué categoría pertenece alguien lleva su tiempo. Nadie es 100% eficaz constantemente. La excelencia no se mide por las coordenadas en un punto concreto, sino por la pendiente media de la curva. Y es una pendiente ascendente aunque la curva presente altos y bajos, porque la excelencia no es conformista. No puede serlo, ya que las circunstancias cambian, y seguir aplicando las viejas recetas no puede ser lo óptimo. La gente excelente cada vez es mejor, o deja de ser excelente.
Precisamente por eso, a la larga, la actitud es más determinante que la capacidad inicial. El compromiso con la propia virtud caracteriza a los mejores. El ser consciente de la propia valía y tener una autoestima alta es vital, porque sin esas cualidades no nos arriesgaríamos a intentar nuevos retos, ni nos recuperaríamos de las galletas que conllevan en un alto porcentaje (porque, digan lo que digan los listos del “ya lo decía yo”, si no hay riesgo de galleta no hay cambio real, y nada mejora).
Peeeeero… cuando la autoestima se pasa de madre se convierte en autocomplacencia. Probablemente, el mayor enemigo de la calidad en que yo pueda pensar.
Habréis oído eso de que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Bien, a corto plazo eso es verdad, y a medio plazo es mentira. Pero, con una pequeña corrección, se convierte en verdad eterna. “Lo MEJOR QUE es enemigo de lo bueno”.
Y es que el gran palo en rueda propia aparece cuando una empresa-freelance-estudiante de punto de cruz-whatever mira a su alrededor y dice “ah, soy mejor que los dos últimos proveedores de mi cliente, mejor que Fulanito Company y mejor que la bordadora de la esquina”. Y después se hace un rosquito y se echa a dormir.
Probablemente sea verdad y sea mejor que ellos. Pero es que para ser mejor que los dos últimos proveedores de tu cliente no hacía falta correr mucho, mujer. Al fin y al cabo eran dos tuercebotas que, a la obsolescencia de su propuesta, la llamaban “tradición y una trayectoria de más de X años al servicio del cliente”, cuando cualquiera con dos dedos de frente hubiera preferido denominarla “aquí huele a muerto”.
Y la bordadora de la esquina es peor que tú, claro que sí. Pero no te hagas líos: su mejor trabajo es peor que tu mejor trabajo, pero su nivel medio es mejor que el tuyo. Porque conoce sus limitaciones y entiende que no es una superclase en la confección, pero sí puede serlo en entregar los pedidos a tiempo, no marear a los clientes con la facturación y, sobre todo, no hacer promesas que no piensa cumplir. Tú montarás tu business, oh estudiante de punto de cruz, y te retorcerás de dolor pensando en por qué no tienes clientes tan pistonudos como esa tía semianalfabeta, mientras el último al que le aseguraste que los mantelitos para la boda de su hija estarían a tiempo no disfruta del discurso del padrino, porque está ocupado en disipar su frustración haciendo agujeritos con el tenedor en el mantel de papel cutre que tuvo que comprar a última hora. Y te desea lo peor.
Concentrarse con “ser mejor que” la competencia es enemigo de “ser bueno” en lo tuyo. Es posible que la gente con la que trabajas esté aguardando pacientemente a que cambies de hábitos y dejes de pinchar siempre en el mismo punto de la línea de producción, mientras tú estás demasiado ocupado sacándole brillo a tus trofeos. Pero su paciencia no es eterna, y puede que un día su frustración se equipare con su admiración, y a tomar por culo la bicicleta…
A la vez, el trabajo ajeno es parte del espejo en que nos miramos de forma natural, así que ese riesgo está siempre ahí. ¿La solución?
Sencilla. Haz la raya entre “Un asco de desempeño” e “Insuperable” más larga. Una nube de crucecitas representando a otros tras la marca que lleva tu nombre no te coloca automáticamente en el extremo bueno. Alarga la línea, y no mires hacia la parte de atrás. Mira hacia adelante y concéntrate en llegar allí.
Y luego, te haces un cartel que ponga “I+D+i” y lo cuelgas de la puerta, pero esta vez con motivo.