+++ Cuando un amigo me dice “léete esto, es genial”, siempre procuro darle una oportunidad.
A veces, el libro me parece correcto, pero no es suficiente para que insista con otra producción de quien lo escribió.
Puede que las historias que cuenta no me terminen de interesar o, mucho más probable cuando tienes cierta trayectoria lectora, que tenga la sensación de que “eso ya me lo han contado antes”, y como poco me lo contaron igual de bien. A veces, el amigo/pareja/whatever se desilusiona mucho. ¿Qué hay más halagador que el que te digan “gracias por descubrirme a est@ maravillos@ escritor/a” y se dispongan a discutir contigo los detalles de lo que tú consideras una lectura imprescindible?
Me doy cuenta ahora de que la mayoría de las lecturas que me recomiendan pertenecen a este grupo. Algunas me hacen disfrutar mientras leo, pero no tanto como para repetir o expandir más mi interés en ese sentido. Unos pocos me aburren, pero es raro ya que los acabe. Porque mi vida es corta, mi tiempo de lectura escaso, y vivo los derechos del lector que enunció Pennac como si se me hubieran ocurrido a mí.
Y un pequeño grupo de libros recomendados pertenecen a la última y deliciosa categoría de lo imprescindible. Por eso reclamo que me recomienden libros. Por la posibilidad.
Yo había leído muchos años atrás El color de la magia, el primer libro de la saga de Mundodisco de Terry Pratchett. Me gustó, pero no hubo mucha oportunidad de hacerme con ninguno más, y otras lecturas se abrieron paso en la lista. Por estas vueltas que da la vida, resulta que acabé enamorándome de un fan irredento de Pratchett, que al menos una vez al día canta las maravillas de este hombre.
Aunque mi lista de libros pendientes seguía estando atrasada, se las arregló para colar en primer lugar Guardias, Guardias, que viajó a Bolivia en mi bolsa de mano el año pasado. No sólo lo leí del tirón, sino que reí en voz alta y eché de menos un lápiz para subrayar en cada sesión de lectura. Ambas cosas con el mismo libro. No es tan fácil.
Como ocurre con los más grandes del humor, Pratchett no escribe con un teclado, sino con un bisturí que raja mi realidad, le da la vuelta, la viste con una túnica y la coloca en un universo de fantasía. Y aún así, en lugar de disfrazar las alegrías y frustraciones cotidianas del mundo real, las desnuda y las destaca.
Alguien dijo que los artistas contamos mentiras para decir verdades. En ese sentido, Terry Pratchet es uno de los grandes mentirosos de la historia. No alcanzará una fama mayor en la historia de la literatura porque ha llenado sus novelas de enanos, orcos, inquisidores y magos en lugar de poblarlo de caballeros, gente solemne, curas, empresarios y damiselas angustiadas. Los críticos del Babelia no suelen tener en su mesita de noche cierta clase de libros. Menos aún si son sospechosos de provocar carcajadas, me temo.
A Pratchett probablemente le traiga al pairo tal circunstancia, y a mí también. Gente como Jerome K. Jerome, Saki, Richmall Crompton (yo no consigo que Athair le coja el gusto a las historias de Guillermo Brown, pero animo a intentarlo a cualquiera que haya disfrutado con Buenos Presagios. Va a reconocer a más de un personaje) e incluso cierta faceta algo menos estirada de lo habitual de Kipling estarían orgullosos de que él haya recogido la bandera del humor británico.
El peligro de citar una frase de Pratchett es que, sin el contexto, es fácil darle la vuelta y que acabe significando otra cosa distinta. Lo he visto hacer con él y con otros, y trataré de no caer en lo mismo. Pero estoy a la mitad de Small Gods, y no resisto la tentación de compartir algo que acabo de leer.
(Contexto: la gran biblioteca de Ephebe va a ser incendiada por los invasores. Dos filósofos intentan salvar unos pocos rollos de papiro, y discuten acerca de cuáles merecen sobrevivir. La discusión acaba centrándose en varios ejemplares sobre técnica y filosofía. Creo que define bastante bien por qué necesitamos tanto técnic@s como filósof@s…)
“‘Then if all mankind will come and help us carry them, that’s fine,’ said Urn. ‘But if it’s just the two of us, I prefer to carry something useful.’
‘Useful? Books of mechanisms?’
‘Yes! They can show people how to live better!’
‘And these show people how to be people,’ said Didactylos.
(-”Entonces, si toda la humanidad viene a ayudarnos a cargar con ellos, estupendo.” dijo Urn. “Pero si sólo somos nosotros dos, prefiero llevarme algo útil.”
-”¿Útil? ¿Libros sobre mecanismos?”
-”¡Sí! ¡Pueden enseñarle a la gente cómo vivir mejor!”
- “Y estos pueden enseñarle a la gente cómo ser personas.”-dijo Didactylos.)
En una cosmogonía personal en la que no caben grandes dioses, queda espacio para los pequeños. Terry Pratchett es uno de mis small gods, y su lucidez me ilumina en este lunes perezoso.